Mi hija dijo que no podía permitirse dos, así que mi suegra se quedó con las vacaciones. Cuando regresaron, descubrieron que me había ido para siempre y que me había llevado todo lo que había pagado... y empezaron a gritar.
Claire se rió, hizo listas de equipaje, les envió mensajes a sus amigos sobre el viaje.
Su suegra pasó por allí con artículos de aseo de viaje y consejos para "viajar ligero".
Charlaron sobre seguridad en aeropuertos, piscinas de hoteles y recomendaciones de restaurantes.
Asentí en los momentos oportunos.
Preparé café.
Dije: "Lo vas a pasar genial".
El martes de su partida, la ciudad amaneció con un cielo más gris y una fina neblina en el aire.
Dentro del apartamento, todo era ruido y movimiento.
Las maletas se cerraban.
Las puertas de los armarios se cerraban de golpe.
"Mamá, ¿has visto mi cargador?", preguntó Claire.
"¿Imprimiste las confirmaciones?", preguntó su suegra.
"Las tengo en el móvil", respondió Claire riendo. "Tranquila. Yo me encargo".
Desde la puerta de la cocina, los observé correr de un lado a otro, su entusiasmo llenando cada rincón del espacio que había mantenido unido durante décadas.
"¿Estás bien mientras no estamos, mamá?", preguntó Claire, deteniéndose un momento para mirarme.
La miré a los ojos y la sostuve.
"Estaré más que bien", dije.
Sonrió, escuchando solo superficialmente.
A las nueve, su coche compartido se detuvo afuera. Me quedé de pie junto a la ventana y observé cómo rodaban sus maletas por la acera, con las chaquetas cerradas y el pelo ya húmedo por la niebla.
Subieron al coche. El conductor cargó las maletas. Las puertas se cerraron.
El coche arrancó de la acera y desapareció por la esquina.
El silencio se apoderó del apartamento.
No era el silencio denso que conocía cuando todos dormían.
Un silencio ligero, expectante.
El que llega justo antes de que algo empiece.
Los de la mudanza llegaron cuando dijeron que llegarían.
Dos hombres con botas gastadas y camisas de marca, de esos que saben cómo agacharse bajo los marcos de las puertas y cargar tres cajas a la vez.
"¿Estás seguro de la lista?", preguntó uno de ellos.
"Estoy seguro", dije.
Recorrimos las habitaciones.
Esta estantería. Estas sillas. Esa mesa de comedor.
Esas lámparas.
Estos electrodomésticos: el microondas, la batidora, la licuadora, la cafetera.
Ese televisor.
Esos altavoces.
La cómoda de esa habitación.
No el sofá. Eso se queda.
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