Mi hijo canceló la fiesta por vergüenza a mi casa, dejándome 80 sillas vacías, sin saber que el hombre que invité a comer destruiría su arrogancia.

El sol de la tarde caía pesado sobre el patio de la casa, calentando las losetas rojas como si quisiera dejar grabado para siempre aquel día. El aire estaba espeso, tibio, con ese olor a tierra caliente tan propio de Guadalajara cuando el día se despide sin prisa.
Yo acomodaba el último centro de mesa con ramas de laurel, flores blancas de azahar y bugambilias que crecían desde hacía años junto al muro, tercas, firmes, como yo.

Ochenta sillas blancas, recién limpiadas, formaban un semicírculo perfecto. No estaban ahí por casualidad. Cada una representaba una historia, una risa, un abrazo pendiente. Esperaban a la familia, a los amigos, a los compañeros de universidad de mi nieta Mariana.

Me llamo Amparo Valdez, tengo sesenta y ocho años, y toda mi vida la he pasado entre ollas, fogones y mesas largas. Durante más de cuarenta años dirigí un negocio de banquetes en Guadalajara. No uno elegante, de esos que salen en revistas, sino uno honesto.
Decían que mis guisos calmaban suegras difíciles y cerraban tratos que parecían imposibles. Yo nunca entendí de negocios. Solo sabía escuchar, cocinar y servir.

La comida siempre fue mi manera de decir te quiero, estoy aquí, no estás solo.

Ahora ya estaba retirada. Las rodillas ya no respondían igual, las manos se cansaban más rápido. Pero para la graduación de Mariana, mi nieta querida —arquitecta con honores— quise hacerlo todo yo misma. Porque hay momentos que no se delegan.
Porque hay celebraciones que se cocinan con el corazón.

Desde la madrugada estaba despierta. El silencio de la casa era profundo, casi sagrado.
Preparé barbacoa de borrego al horno, suave, jugosa, con romero y tomillo; arroz rojo bien suelto; frijoles refritos con manteca; chiles rellenos; tortillas hechas a mano, una por una, como me enseñó mi madre.
Corté queso fresco, acomodé aguacates, y dejé enfriando el pastel de tres chocolates que a Mariana le gustaba desde niña.
El tequila reposado descansaba en botellas de cristal, esperando su momento.

El jardín parecía una fiesta antes de empezar.
Como si supiera que algo importante estaba a punto de ocurrir.

A las cinco con cincuenta, cuando los invitados estaban citados a las seis y media, escuché el ruido de un motor caro. De esos que no pasan desapercibidos. Un coche negro, brillante, se detuvo frente al portón.

 

 

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