Mi hijo me llamó: “Mamá, me caso mañana. He retirado todo tu dinero y he vendido tu apartamento”.

Al día siguiente, jueves, me vestí como si fuera a una guerra elegante. Me puse un vestido azul marino de seda, perlas, tacones sobrios y un labial rojo que Ernesto siempre decía que me daba cara de mujer invencible. Luego llamé a mi abogado, el licenciado Raúl Cárdenas.
—Raúl, te veo en el Club Mirador del Pacífico a las ocho. Lleva a la policía. Voy a denunciar un fraude, falsificación y abuso de confianza.
Hubo un silencio.
—¿Qué está pasando? ¿Qué hace esta señora arruinando la ceremonia?
La miré con calma.
—Disfruta la fiesta, querida. Porque la luna de miel no será en París.
En ese instante, las puertas del salón se abrieron.
No eran los meseros con la cena.
Eran dos policías de investigación, un actuario y mi abogado.
La música se cortó.
Los invitados empezaron a murmurar.
Uno de los agentes caminó directamente hasta Diego.
—¿Diego Villaseñor? Queda usted detenido por su probable responsabilidad en los delitos de fraude, falsificación de documentos y abuso de confianza.
Vanessa soltó un grito.
—¡Eso es imposible! ¡Nosotros somos gente bien!
—Eso no exime a nadie de la ley —contestó el agente.
Diego me miró con terror puro.
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