Mi hijo me llevó a la boda en Uber… y llevó a su suegra en mi coche, así que hice algo loco…
Durante 40 años había definido mi valor como mujer en función de qué tan necesaria era para otros. Pero aquí en Chapala he aprendido que mi valor real está en qué tan en paz estoy conmigo misma. ¿Qué tan auténtica puedo ser sin disculparme? ¿Qué tan feliz puedo ser sin necesitar la validación constante de otros? Esta tarde, mientras el sol se pone sobre el lago y los pescadores regresan con sus redes llenas, me siento completamente en paz con las decisiones que tomé.
No fueron decisiones fáciles, no fueron decisiones que me hicieran popular dentro de mi familia, pero fueron decisiones correctas para mi bienestar emocional y mi dignidad como persona. A veces recibo mensajes de texto de Alejandro con fotos de la bebé. Son mensajes simples, sin presión, solo compartiendo momentos. Mamá, mira qué cara hace cuando duerme. Se parece a usted cuando frunce el seño. Creo que va a ser tan terca como su abuela. Respondo con cariño, pero mantengo mis límites.
Qué hermosa está. Me da mucho gusto que esté creciendo bien. Denle mis bendiciones. Todavía no he visto a mi nieta en persona y probablemente pasarán varios meses antes de que eso suceda, pero ya no vivo en la desesperación de ser incluida a cualquier costo. He aprendido que esperar el momento correcto es mejor que forzar situaciones incorrectas. Cuando llegue el día de conocer a Teresa Esperanza, será porque su familia realmente quiere incluirme de manera sana, no porque me necesiten como salvavidas económico o niñera gratuita.
Por primera vez en mi vida, no estoy esperando que otros cambien para poder ser feliz. Soy feliz con la vida que he construido para mí sola, con las decisiones que he tomado, con la mujer en la que me he convertido. Si Alejandro y Esperanza deciden incluirme genuinamente en sus vidas, será un regalo hermoso. Si no, seguiré siendo feliz con la vida que tengo. Mientras escribo estas líneas sentada en mi terraza con el lago brillando bajo las estrellas, me doy cuenta de que finalmente entiendo algo fundamental.
El amor verdadero no es sacrificarse hasta desaparecer por otros. El amor verdadero es mantenerse completa y auténtica mientras amas. Es establecer límites sanos. Es enseñar con el ejemplo que cada persona tiene derecho a su propia dignidad. A los 65 años, Teresa Hernández finalmente aprendió a vivir para sí misma sin culpa, a amar sin desaparecer, a ser madre sin dejar de ser mujer. Y descubrió que el silencio que decidió mantener no era vacío. Estaba lleno de paz, de posibilidades, de una felicidad que no dependía de nadie más que de ella misma
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