—No sabía a dónde ir… —susurró—. Perdón, de verdad.
Nadie espera que la directora general de su empresa llegue a su casa pasada la medianoche, empapada de pies a cabeza, con el rímel corrido como tinta sobre papel mojado, abrazándose a sí misma como si la tormenta de afuera se le hubiera metido hasta los huesos, pero eso fue exactamente lo que ocurrió la noche en que Aurora Salgado Montes apareció en la puerta de mi casa.
Aurora no era solo mi jefa. Era una leyenda envuelta en elegancia y peligro, la mujer a la que la prensa financiera en México llamaba “La Reina de las Decisiones de Acero”, capaz de congelar una discusión con una sola mirada y entrar a una reunión de accionistas hostil como si estuviera caminando por una pasarela. Los consejeros le tenían miedo. Sus rivales la observaban como los pescadores miran el mar antes de un huracán.
Pero la mujer que estaba bajo la luz amarilla de mi porche, con el saco empapado y las manos temblando como vidrio a punto de romperse, no parecía poderosa en absoluto.
Yo soy Elías Moreno Cruz, ejecutivo senior en una empresa que hablaba mucho de diversidad, pero solo cuando se veía bien en los folletos. En la práctica, un hombre negro como yo siempre caminaba sobre una cuerda floja. Un error y eras “conflictivo”. Otro y te volvías “prescindible”. Dejar pasar a la directora general a mi casa a medianoche no era romper una regla; era pisar un campo minado descalzo.
Mi cabeza gritaba políticas internas, recursos humanos, el fin de mi carrera. Pero entonces Aurora se estremeció con fuerza, como si su cuerpo ya no pudiera sostenerse, y todo dejó de ser corporativo.
Se volvió humano.
—Pasa —le dije—. Aquí no estás sola.
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