Mi madre tiró mi billete de avión a París a la basura cuando faltaban solo cinco horas para mi graduación, así que lo saqué y me alejé, mientras mi hermana pequeña se reía como si mi futuro fuera una broma.

Jenna intervino como siempre hacía cuando el silencio se volvía incómodo. “Lo entendemos, ¿de acuerdo?”, dijo. “La fastidiamos. Dijimos cosas que no debíamos haber dicho, pero te fuiste. Nos interrumpiste. Ni siquiera respondiste a las llamadas”. “No hubo llamadas”, dije en voz baja. “Nunca hubo llamadas para decirte que estabas orgullosa. Solo llamadas cuando debías pagar la renta”.

Empezó a protestar, pero se detuvo al darse cuenta de que tenía razón.

Mi madre miró hacia la acera. “Sé que fuimos duros contigo”, admitió. “Tenía miedo. Querías perseguir alguna fantasía artística en París mientras yo lo mantenía todo bajo control. Entré en pánico”.

“Tiraste mi futuro a la basura”, dije. “Literalmente. No sé si hay una forma más suave de decirlo”.

Se le llenaron los ojos de lágrimas, y por un momento pareció la madre que una vez me preparó la lonchera del jardín de niños y me trenzó el pelo.

“Me equivoqué”, dijo. “Pensé que si rompía tu sueño primero, el mundo no podría hacerlo por ti. Pensé que tenerte cerca era más seguro. En cambio, te alejé”.

La disculpa no borró lo sucedido, pero fue más de lo que esperaba oír.

Jenna cambió el peso de su cuerpo, mirando de sus zapatos a la puerta y viceversa. "Te llamé mendiga", dijo, con la palabra atorada en la garganta. "Muchas veces, la verdad".

 

 

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