Mi madre tiró mi billete de avión a París a la basura cuando faltaban solo cinco horas para mi graduación, así que lo saqué y me alejé, mientras mi hermana pequeña se reía como si mi futuro fuera una broma.
Bajó la mirada hacia su chaqueta gastada. "Ahora sé lo que se siente estar haciendo algo. No tiene gracia".
No me apresuré a consolarla.
El silencio que siguió no fue cruel, solo sincero.
"¿Qué quieres de mí?", pregunté. "Sin edulcorarlo".
Mi madre respiró hondo. "Necesitamos ayuda", dijo. "Un lugar donde quedarnos una temporada. Tal vez algo de dinero para recuperarnos".
"Lo estás haciendo bien. Puedes permitírtelo".
Esa vieja y familiar expectativa se desvaneció.
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