Sin respuesta.
—Siéntate —dijo Diego.
No era una sugerencia.
Una carpeta se deslizó sobre la mesa.
—Tu realidad.
Álvaro la abrió.
Su rostro cambió.
Confusión.
Incredulidad.
Luego, miedo.
—¿Qué es esto?
—Documentos de la empresa.
—¿Y?
—Lee con atención.
Entonces lo vio.
El nombre.
El verdadero dueño.
Diego Serrano.
—No… eso no es posible…
—Siempre lo ha sido —dijo Diego en voz baja.
—Camila… —susurró Álvaro.
—Mi hermana —respondió Diego. —La mujer a la que insultaste anoche.
—Ella nunca te necesitó —continuó Diego.
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