Me llamo Rosemary. Tengo 78 años. Henry y yo llevamos casados casi 60 años.
Nos conocimos en la clase de química del instituto porque nuestros apellidos coincidían. Me hacía reír. Nos casamos a los 20, trabajamos en la misma fábrica, criamos cuatro hijos y ahora tenemos nietos y un bisnieto.
Todas las noches me sigue diciendo: "Te quiero, Rosie". Sabe cómo tomo el té. Se da cuenta de cuándo me quedo callada.
Henry tuvo una regla durante décadas:
"No entres en mi garaje".
El garaje era su espacio: jazz nocturno, olor a disolvente, la puerta a veces cerrada. Lo respetaba. Después de 60 años, uno aprende que cada uno necesita su propio rincón.
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