Mi marido murió cuando yo tenía cuatro meses de embarazo, y menos de una semana después su madre me puso dinero en efectivo en la mano y me susurró: “Ve y acaba con esa carga… luego vete de esta casa y no vuelvas nunca más”.

Dudé, luego respondí.

"¿Hola?"

Una voz masculina profunda y desconocida respondió, tranquila y firme.

"Hola, Sophia. Soy Marcus. Creo que es hora de que nos conozcamos".

Se me cortó la respiración.

El misterioso ayudante finalmente había salido a la luz.

Pero ¿este encuentro traería respuestas... o abriría otra puerta al shock?

Quedamos en vernos la tarde siguiente en el mismo Café Maple Leaf.

Alex quería venir, pero me negué. Necesitaba afrontar esto sola y escuchar la verdad por mí misma.

Llegué temprano. El café era pequeño y acogedor, decorado con un estilo vintage. Elegí una mesa cerca de la ventana desde donde podía ver la calle.

Mi corazón se aceleraba de anticipación y temor.

A la hora acordada, entró un hombre alto con una sencilla pero elegante camisa blanca, recorrió con la mirada el lugar y caminó directo hacia mí.

Su rostro era firme e inteligente. Sus ojos profundos parecían albergar toda una vida de historias.

"Hola, Sophia", dijo, extendiendo la mano. "Soy Marcus".

Su voz coincidía con la del teléfono: profunda, cálida, firme.

Le estreché la mano. "Hola. Gracias por venir... y gracias por todo".

Marcus sonrió, pero había tristeza tras ella. "De nada. Solo hice lo que creí correcto".

Nos sentamos.

Tras unos segundos de incómodo silencio, fui directa a la pregunta.

“Señor Marcus”, dije, “no entiendo por qué nos ayudó… y cómo conocía tan bien los planes del Dr. Ramírez”.

Marcus miró por la ventana un buen rato, como si estuviera decidiendo cuánta verdad podía cargar.

Luego se volvió hacia mí y dijo la frase que me impactó aún más que descubrir la conspiración de Isabella.

“Porque”, dijo Marcus en voz baja, “Romero Vargas es mi padre biológico”.

Sentí como si me recorrieran las venas.

 

 

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