Mi marido quemó mi único vestido decente, así que no pude asistir a su fiesta de ascenso.

—Sáquenlo —dije.

Sus gritos resonaron por todo el salón de baile mientras los guardias de seguridad lo sacaban a rastras, y su voz se fue desvaneciendo entre la humillación y el arrepentimiento.

La misma sala que momentos antes lo había admirado, ahora lo observaba en silencio.

Su ascenso había sido notorio.

Pero su caída fue más estruendosa.

¿Y yo?

Subí al escenario, acepté una copa de champán recién servida y di un sorbo lento.

Por primera vez en mucho tiempo...

Me sentí libre.

 

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