Mi marido se casó en secreto con su amante. Vendí a escondidas la casa de 12 millones de euros y él gritó...

Su suegra respondió alegre y presumida.

"¡Sofía! ¿Trabajando hasta tarde otra vez?"

Sofía mantuvo un tono monótono. Casi cortés.

"Sí, señora. ¿Dónde está? Parece... lleno de gente".

Una risita al otro lado, ligera, despreocupada.

"Ah, solo estamos en una reunión familiar".

"Una reunión", repitió Sofía, despacio.

Y la Sra. Moreno, como si nada, pronunció las palabras que pusieron fin a la antigua vida de Sofía:

“La boda de Javier y Laura”.

Sofía guardó silencio por un momento.

El tono de la Sra. Moreno cambió: se acabaron las apariencias, la etiqueta. Solo la sensación de tener derecho.
“Ah... ¿viste Instagram? Bien. Me ahorras la molestia de explicarlo”.

Sofía apretó la mandíbula.

“¿Por qué?”, preguntó en voz baja. “¿Cómo pudiste hacer esto a mis espaldas?”

“¿A tus espaldas?”, rió la Sra. Moreno. “Sofía García, ¿qué le has dado a mi hijo en cinco años? Ni siquiera puedes darnos nietos. Javier es nuestro único hijo. Necesita un linaje”.

El insulto fue como un cuchillo… porque Javier siempre se había negado a hacerse las pruebas. Siempre decía que estaba “demasiado ocupado”.
Sin embargo, de alguna manera, la culpa siempre recaía sobre Sofía.

Sofía tragó saliva. “¿Entonces por qué una boda secreta?” “Porque tú nunca lo permitirías”, espetó la Sra. Moreno. “Eres egoísta. Casada con tu carrera. Laura es material de esposa. Y lo más importante, es fértil”.

Entonces soltó la siguiente bomba como si fuera un chisme:

“Ya tiene dos meses de embarazo. Del bebé de Javier”.

A Sofía se le heló la sangre.

Dos meses significaban que esto no era nuevo.
Significaban que cada viaje había sido una mentira.
Significaban que la traición llevaba mucho tiempo viviendo en su casa, con la cara de su marido.

Sofía susurró: “Así que lo planeaste”.
“Claro”, respondió la Sra. Moreno con orgullo. “Encontré a Laura para él. Una mujer que sirve a su marido. Acéptalo, Sofía. Apóyalo. Si te portas bien, serás bendecida”.

Entonces…

Clic.

La línea se cortó.

Sofía miró fijamente su teléfono.

Sin lágrimas.

Solo un pensamiento, nítido y claro:

 

 

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