Mi mejor amiga me pidió prestados 8,000 euros y desapareció. Tres años después llegó a mi boda en un coche de cien mil… y lo que encontré en su sobre me dejó sin aliento.

La esperé durante meses. Luego años.
La herida de la traición se volvió algo más silencioso: vergüenza. No se lo conté a nadie.

Tres años después, la vida siguió. Iba a casarme con Daniel, un ingeniero en sistemas maravilloso, que creía que mi lealtad silenciosa era mi mayor virtud. La boda sería pequeña y sencilla, en una hacienda cerca de Tequila, Jalisco: sol, bugambilias, música suave y un centenar de personas queridas.

Todo iba perfecto… hasta que un Tesla blanco se detuvo justo frente a la entrada.

Las miradas se giraron.
Del coche bajó una mujer alta, impactante, con un traje elegante, tacones de diseñador y un perfume caro que se quedó flotando en el aire como una firma.

Entonces vi su rostro.

Camila.

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