“No es solo el dinero. Es mi manera de decirte que tu bondad me salvó la vida. Sin ti, yo no estaría aquí. Gracias por creer en mí cuando nadie más lo hizo.”
El mundo pareció ir en cámara lenta.
Todos nos miraban, pero yo solo la veía a ella.
Con los ojos llenos de lágrimas, Camila sonrió.
—Lo siento, Mariana. Tenía que devolvértelo el día más feliz de tu vida… para que el mío también tuviera sentido.
Nos abrazamos. Lloramos.
Y por primera vez entendí que el perdón también puede ser un regalo, envuelto en dolor y redención.
A veces la gente no desaparece para traicionar…
sino para sobrevivir.
Se me cerró la garganta. Los invitados murmuraban. Yo apenas podía respirar.
Sonrió como si los últimos tres años hubieran sido solo una conversación pausada. Caminó directo hacia mí y deslizó en mi mano un sobre grueso color crema.
—Felicidades, Mariana —susurró—. Es el día más importante de tu vida.
Todos nos observaban. El sobre pesaba. Estaba sellado con cera dorada. Me temblaban las manos al abrirlo.
No había dinero.
No había cheque.
Solo una hoja doblada.
Pensé que serían disculpas.
No lo eran.
Era una carta escrita con su letra, la misma con la que hacíamos listas del súper y escribíamos sueños en la universidad.
“Mariana, sé que me odias. Y tienes todas las razones. Pero antes de juzgarme, necesitas saber la verdad.”
Tragué saliva. El salón quedó en silencio. Daniel me tomó la mano, pero apenas lo sentía.
“Hace tres años no te mentí: mi papá estaba muy enfermo. Pero lo que no te dije es que yo también estaba metida en algo que me superaba. La empresa donde trabajaba lavaba dinero. Cuando intenté denunciar, me amenazaron.”
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
“Tomé tus 8,000 euros y huí. Era mi única forma de sobrevivir y empezar de nuevo.”
Seguí leyendo.
“Con ese dinero abrí una pequeña tienda de ropa de segunda mano en Mazatlán. Fue mi refugio. Trabajé día y noche. Luego la vendí, invertí lo poco que había ganado… y por primera vez, la vida me sonrió.”
“Ese coche, esa ropa… nada de eso me define. Pero había algo que tenía que devolverte antes de poder seguir adelante.”
Dentro del sobre, junto a la carta, había otro papel gris.
Lo abrí.
Un cheque.
Por 80,000 euros.
Y una nota más pequeña:£
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