La frase no me impactó de golpe. Se filtró por la cocina como un mal olor que tardé un segundo en reconocer, y de repente llenó cada rincón.
"Esta vez no te necesitaremos, Eleanor. Pero asegúrate de dejar la casa limpia".
Chloe lo dijo como quien anuncia un recordatorio en un calendario. Casual. Eficiente. Segura de que asentiría y lo asimilaría como asimilaba todo lo demás. Su voz tenía ese tono refinado que usaba con los empleados de servicio, el tono que implicaba que te hacía un favor con solo hablarte.
Me quedé de pie junto al fregadero con un paño de cocina en las manos, secando un plato que no era mío. La ventana sobre el grifo enmarcaba el patio trasero, donde la luz del atardecer palidecía el césped y oscurecía las hortensias. Había plantado esas hortensias hacía años, cuando Kevin aún era lo suficientemente pequeño como para perseguir mariposas sin preocuparse por lo que pensaran los demás.
Ahora mis manos se movían automáticamente, como si el resto de mi ser hubiera sido entrenado.
Chloe se ajustó las gafas de sol de diseñador, observando su reflejo en el cristal oscuro de la puerta del microondas. La maleta a sus pies parecía cara, algo que se anunciaba por sí sola. Carcasa rígida y lisa, cremalleras doradas, una pequeña etiqueta de marca que parecía guiñarme el ojo. Casi podía oírla rodar por el suelo de mármol de alguna reluciente terminal de aeropuerto.
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