Salía de la oficina por la puerta de servicio cuando lo vi. Estaba recargado en la pared, como si llevara horas ahí: un hombre de unos sesenta años, chamarra gastada, mirada cansada. Al principio no lo reconocí. Luego habló.
—Carmen.
La voz áspera me golpeó como un puñetazo en el pecho. Roberto Villanueva. Mi padre. El hombre que nos abandonó cuando yo tenía cinco años.
No hubo lágrimas, ni disculpas, ni abrazos. Solo una advertencia dicha con frialdad, como quien ya no tiene tiempo que perder.
—Mañana, cuando salgas del Registro Civil, va a llegar una camioneta negra con un moño blanco en el cofre. No te subas. Yo voy a estar a la vuelta de la esquina con mi coche. Confía en mí.
Me reí, pero fue una risa amarga, de rabia vieja.
—¿Confiar en ti? Desapareciste hace veinte años. Mi mamá se murió trabajando doble turno por tu culpa. Lárgate al infierno.
Intenté pasar, pero se atravesó sin tocarme, firme.
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