Mi padre reapareció después de 20 años el día antes de mi boda para advertirme: “tu suegra te está tendiendo una trampa mortal

—No te subas —repitió—. Es lo único que te pido.

Me fui casi corriendo. Subí a la oficina, me encerré en el baño y respiré hondo. Camioneta negra. Moño blanco. Sonaba absurdo… pero la precisión de los detalles me heló la sangre.

Esa noche no le dije nada a Diego. Cenamos, nos despedimos —la tradición de no vernos antes de la boda— y me quedé sola, dando vueltas en la cama, escuchando esas palabras como un eco que no se iba.

El día de la boda amaneció perfecto, de esos días luminosos que parecen una promesa. Elena llegó con el equipo de peinado y maquillaje. El Registro Civil estuvo lleno de emociones. Diego y yo dijimos “sí, acepto” entre arroz, pétalos y aplausos.

Salimos. Los fotógrafos gritaban indicaciones. Diego se apartó un momento con el fotógrafo por “un problema de luz”. Elena fue por su bolsa. Me quedé sola en la banqueta.

Entonces la vi.

Camioneta negra. Vidrios polarizados. Un moño blanco enorme en el cofre.

El conductor bajó. Traje oscuro, audífono discreto.

—¿Señora Carmen Villanueva? Su esposo pidió que viajaran por separado. Es una sorpresa.

La puerta lateral se abrió. Dentro, una mujer de traje gris, carpeta en las piernas.

—Soy Silvia Campos, abogada de la familia Romero. Súbase, Carmen. Son solo quince minutos de unos trámites.

Todo encajó de golpe. La advertencia de mi padre. La “sorpresa”. El rumbo hacia la zona industrial que conocía demasiado bien.

Di un paso atrás.

—Me siento mareada. Necesito aire.

El conductor avanzó. Grité “¡No!” y corrí rodeando el edificio. Los tacones resbalaban, el vestido volaba, el corazón se me quería salir del pecho.

Doblé la esquina. Ahí estaba el viejo SEAT azul de Roberto, con el motor encendido.

—Súbete —dijo…

¿Subió al coche de un padre que la abandonó… o cayó en la trampa que cambiaría su vida para siempre? …

Me lancé al asiento.

—¡Arranca!

Aceleró. Por el retrovisor vi la camioneta buscando dónde meterse.

Roberto manejaba con una calma que me desesperaba.

—Silvia Campos. Abogada de Beatriz —dijo—. Te iban a llevar a un parque industrial, hacerte firmar papeles bajo presión: avales, poderes, renuncia a la separación de bienes. Tus propiedades —el departamento en la colonia Del Valle, la casa en el bosque— iban a respaldar las deudas de Diego.

—¿Deudas? —sentí que el aire me faltaba.

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