Mi propia hija me dejó un pequeño y desenfadado mensaje de voz que decía: “Mamá, no tienes que venir este verano. Kevin cree que es mejor que conservemos la casa del lago para nuestra familia”, como si las paredes de cedro, la puerta verde salvia, el muelle…
La forma en que Samuel me enseñó.
Y al sellar cada frasco, comprendí algo con claridad:
Se puede tomar una casa.
Un título puede ser transferido.
¿Pero un hogar?
Un hogar se construye sobre el respeto.
En presencia.
Sobre el amor que es correspondido, no el que se da por sentado.
Y al final, no perdí nada.
Encontré mi verdadero lugar en el mundo.
No en propiedad.
No es obligatorio.
Pero en la gente, y en mí mismo.
Y eso valió la pena.
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