Mientras cremaban a su esposa embarazada, pidió abrir el ataúd… y gritó al ver lo imposible

La daban por muerta… pero su bebé aún luchaba por vivir

El aire dentro del crematorio era espeso, casi irrespirable.
Olía a humo, a flores marchitas… y a despedida.

Elías Moreira estaba de pie, inmóvil, frente al ataúd cerrado. No lloraba. No hablaba.
Sus ojos estaban fijos en la madera oscura, como si mirarla demasiado pudiera devolverle lo que había perdido.

Dentro yacía Claudia.
Su esposa.
El amor de su vida.
Y la madre de su hijo aún no nacido.

Solo habían pasado dos días desde el accidente.

Dos días desde que la policía llamó a su puerta en plena madrugada.
Dos días desde que escuchó las palabras que le partieron el alma: “Lo sentimos… no sobrevivió”.

Claudia tenía siete meses de embarazo.
Siete meses soñando nombres, colores para la habitación del bebé, risas futuras.

La mañana del accidente, ella había estado en la cocina, tarareando una canción vieja mientras preparaba café.
Antes de salir, se había girado y le dijo sonriendo:

—No tardes hoy… el bebé se mueve mucho.

Elías nunca imaginó que esas serían sus últimas palabras.

La lluvia había convertido la carretera cerca de Belo Horizonte en una trampa mortal.
Un choque.
Metal retorcido.
Sirenas.
Silencio.

Al menos… eso era lo que todos creían.

En el crematorio, los empleados comenzaron a preparar la ceremonia. Todo estaba listo.
Demasiado rápido.
Demasiado definitivo.

Elías sintió un peso aplastarle el pecho.
Algo dentro de él gritaba que aún no había terminado.

—Esperen… —dijo de pronto, con la voz rota—. Por favor… necesito verla una última vez.

Los trabajadores se miraron entre sí, incómodos.
No era lo habitual.
No era recomendable.

Pero había algo en los ojos de ese hombre… una mezcla de dolor y desesperación que no se podía ignorar.

Finalmente, uno de ellos asintió en silencio.

La tapa del ataúd se levantó lentamente.

Elías contuvo la respiración.

Claudia estaba allí.
Serena. Pálida. Hermosa.
Como si simplemente estuviera dormida.

Elías se acercó temblando.
Apartó con cuidado un mechón de cabello de su frente y susurró:

—Amor… ya estoy aquí.

Entonces ocurrió.

Al principio fue casi imperceptible.
Una leve ondulación bajo la tela que cubría su vientre.

Elías parpadeó.
Pensó que era su mente.
El dolor.
La negación.

Pero volvió a suceder.

Más fuerte.
Más claro.

El abdomen de Claudia… se movió….

—No… —murmuró, con el corazón desbocado.

El silencio se rompió de golpe.

—¡DETÉNGANSE! —gritó Elías— ¡DETENGAN TODO!

Los empleados quedaron paralizados.

 

 

 

 

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