Mientras cuidaba a mi sobrina recién nacida, notamos moretones en sus costillas. Me quedé sin palabras. Mi esposo sacó a nuestra hija y llamó al 911. Pero cuando llegó su madre... no pareció sorprendida.

La trabajadora de CPS se inclinó hacia delante, con un tono amable pero directo.

“Puedes solicitar la custodia de emergencia. Descubriste las lesiones. Actuaste de inmediato. Eso importa. Ahora mismo, eres la opción más segura que tiene”.

Miré a James y, en ese momento, el miedo dio paso a algo más.

Resolución.

Porque pasara lo que pasara después —tribunales, papeleo, largas noches— ya sabíamos la verdad.

Emery no iba a volver.

No bajo nuestra supervisión.

La idea me aterrorizaba, pero perderla era peor.

Esa noche, Heather apareció en nuestra puerta. Se veía más delgada. Pálida. Nerviosa.

“No hice nada”, dijo. “Fue él. Travis. No sabía que era tan grave”.

“Lo dejaste vivir contigo”, dijo James en voz baja. “Con tu recién nacida”.

“Estaba cansada”, espetó. “Sola. Dijo que me quería”.

“No amaste lo suficiente a Emery”.

Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera contenerlas.
Heather se puso roja. Luego rompió a llorar.

 

 

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