Mientras levantaba el cuchillo para cortar el pastel de bodas, mi hermana me abrazó fuerte y susurró: «Apártalo. Ahora». -OO


Silbidos.
Gritos de “¡Que lo corte el novio!”.

El color se le fue del rostro.
Solo un segundo.
Pero lo vi.

Ana seguía detrás de mí, lista para intervenir.
Mis manos estaban temblando.
Mi respiración, cortada.

Daniel parpadeó de nuevo.

—Va… vale —dijo finalmente.
Tomó el cuchillo.
Lo sostuvo en el aire.

Yo di un paso atrás.
Ana también.

Y sin mirarme, sin sonreír, sin decir nada…

Daniel dejó caer el cuchillo sobre la mesa.

El sonido metálico resonó como un disparo.

Los invitados quedaron confundidos.
Las cámaras bajaron.

Y él murmuró, apenas audible, solo para mí:

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