Su mano, perfectamente manicurada, se cerró como una garra de hierro alrededor del antebrazo de Carmen. Las uñas se clavaron en la piel, buscando hacer daño, buscando sangre. Carmen, con su uniforme azul impecable y los guantes de goma amarilla aún puestos, trastavilló hacia atrás, pero sus pies se plantaron en la tierra con una firmeza que nacía del puro instinto de supervivencia. No la suya, sino la del niño. Carmen no soltó la silla de ruedas. Sus dedos enguantados se aferraban al metal negro del reposabrazos con tal fuerza que los nudillos se le pusieron blancos bajo el látex.
Su cuerpo funcionaba como un escudo humano, un muro frágil de carne y hueso interpuesto entre la furia de la madrastra y el silencio aterrorizado de Leo. “Señora, por favor, lo está lastimando”, suplicó Carmen con la voz quebrada por el miedo, pero sin retroceder ni un milímetro. Sus ojos, grandes y oscuros, estaban llenos de lágrimas, no por el dolor físico del agarre de Isabela, sino por la angustia de ver a Leo encogerse en su silla. Leo, el hijo del patrón, un adolescente de 14 años que parecía mucho más pequeño debido a la atrofia de sus piernas y al peso de una tristeza antigua, no decía nada.
Estaba pálido, con la piel casi transparente bajo la luz dorada del atardecer. Sus manos temblaban sobre sus rodillas inmóviles. Sus ojos iban de una mujer a la otra, una pelota de ping pong en un partido mortal. Quería gritar. Quería defender a la única persona que le sonreía en esa mansión fría, pero el miedo le había cosido la boca. Isabel la tiró de nuevo, esta vez con más violencia, sacudiendo todo el cuerpo de la empleada. No te atrevas a decirme qué hago con mi familia sucia, muerta de hambre”, escupió Isabela inclinándose hacia adelante, invadiendo el espacio personal de Carmen con su perfume caro que ahora olía a peligro.
“Te vi, vi lo que estabas haciendo. Eres una ladrona y una abusadora. ¿No es verdad?”, gritó Carmen, negando con la cabeza frenéticamente, sintiendo como el brazo le ardía donde Isabela la apretaba. Solo le estaba acomodando la manta. Tenía frío. Mentira. Isabela soltó una carcajada seca cruel. En este clima no hace frío. Lo estabas tocando. Estabas metiendo tus manos sucias donde no debes, buscando qué robarle al pobre inválido que no se puede defender. La palabra inválido golpeó a Leo más fuerte que cualquier bofetada.
El chico bajó la cabeza clavando la vista en el suelo de Adquines, deseando desaparecer, deseando que la tierra se lo tragara. Carmen vio ese gesto. Vio como el alma del niño se rompía un poco más y eso le dio una fuerza inesperada. Con un movimiento brusco, Carmen se zafó del agarre de Isabella. Fue un acto reflejo, defensivo, pero la señora de la casa lo tomó como una declaración de guerra. Carmen retrocedió un paso, respirando agitadamente, con las manos en alto, en señal de paz, mostrando las palmas amarillas de goma.
No me toque, señora Isabela. Puede gritarme todo lo que quiera. Puede despedirme si le da la gana, pero no voy a dejar que se acerque a Leo cuando está en ese estado. No, mientras yo respire. El silencio que siguió a esa frase fue más aterrador que los gritos. Isabela se quedó quieta enderezando su espalda. se pasó la mano por el cabello castaño, recolocando un mechón suelto en su peinado perfecto. Su expresión cambió de la furia roja a una frialdad calculadora.
Una sonrisa pequeña, casi imperceptible, curvó sus labios. Era la sonrisa del depredador que sabe que la presa ha caído en la trampa. “Aí, susurró Isabela con una voz suave que erizaba la piel. Me estás desafiando, Carmen. Tú, una simple criada que recogimos de la calle. Carmen tragó saliva. Sabía que había cometido un error fatal. En el mundo de los ricos, los pobres no tienen derecho a la dignidad y mucho menos a la defensa. Pero miró de reojo a Leo, que la observaba con una mezcla de terror y adoración, y supo que no podía arrepentirse.
“Solo protejo al niño”, dijo Carmen bajando la voz. “Veremos quién necesita protección ahora. Si se oó Isabela. En ese instante, el sonido de unos pasos pesados sobre la grava del camino principal rompió la atmósfera. Eran pasos de autoridad, pasos de cuero caro y suelas firmes. Pasos que Carmen conocía de memoria y que solían significar seguridad, pero que hoy sonaban a sentencia. Alejandro había llegado. Isabela giró la cabeza hacia el sonido. En una fracción de segundo, su rostro sufrió una metamorfosis espeluznante.
La furia desapareció. La arrogancia se esfumó. Sus ojos se llenaron instantáneamente de lágrimas artificiales. Sus hombros cayeron en una postura de fragilidad absoluta. Se llevó una mano al pecho, simulando una taquicardia por el susto. El escenario estaba montado y Carmen, con sus guantes amarillos y su uniforme de trabajo, estaba parada en el centro del escenario interpretando el papel de villana sin saberlo. El juez y la sentencia. Alejandro se detuvo a 5 metros de la escena. Su figura alta y atlética proyectaba una sombra larga sobre el jardín.
Venía con el saco del traje colgado del hombro, la camisa blanca arremangada y la corbata deshecha. Tenía el rostro cansado de un hombre que ha pasado 10 horas negociando fusiones millonarias, lidiando con tiburones financieros, solo deseando llegar a su refugio de paz. Pero lo que encontró no fue paz. Sus ojos oscuros escanearon la situación con la precisión de un láser. Vio a su esposa Isabella temblando y sollozando en silencio. Vio a su hijo Leo encogido en la silla de ruedas como si esperara un golpe.
y vio a Carmen, la empleada doméstica, agitada, sudorosa, con el pecho subiendo y bajando violentamente, parada en una posición que, desde su ángulo, parecía amenazante. “¿Qué demonios está pasando aquí?”, preguntó Alejandro. No gritó, no le hizo falta. Su tono de voz, grave y profundo, vibró en el aire con la autoridad de quien no admite réplicas. Isabela no esperó. Se lanzó hacia él, corriendo esos pocos metros con una desesperación teatral y se arrojó a sus brazos enterrando la cara en su camisa blanca.
Alejandro, gracias a Dios que llegaste”, lloró Isabela, asegurándose de que sus lágrimas mojaran la tela de su pecho. “Tuve tanto miedo, mi amor. Tanto miedo.” Alejandro instintivamente rodeó a su esposa con un brazo, pero sus ojos no se apartaron de Carmen. Su mirada era una mezcla de confusión y una decepción creciente que dolía más que el odio. Miedo. ¿Miedo de qué, Isabela? Explícate. Isabela se separó un poco, lo suficiente para mirarlo a los ojos con sus pupilas brillantes por el llanto fingido.
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