Mire lo que su esposa tiene escondido en la mano derecha. La frase no fue un grito, fue una sentencia. Y ante las sentencias, los culpables suelen temblar, aunque sea por dentro. Alejandro, que un segundo antes estaba listo para arrastrar a la empleada fuera de su propiedad, se detuvo. Su respiración era agitada. El nudo de la corbata deshecha le apretaba como una soga fantasma. Miró a Carmen. Vio a una mujer destrozada, sin guantes, con el uniforme manchado de tierra y lágrimas, pero con una mirada de fuego que no coincidía con el perfil de una ladrona.
Los ladrones huyen, los ladrones bajan la mirada, los ladrones no exigen ser revisados ni desafían a la señora de la casa con esa firmeza suicida. Lentamente, como si el cuello le pesara toneladas, Alejandro giró la cabeza hacia Isabella. Ella no se había movido, pero su postura había cambiado imperceptiblemente. Ya no era la víctima frágil que se derrumbaba en busca de consuelo. Ahora estaba rígida, tensa como una cuerda de violín a punto de romperse. Su mano derecha, efectivamente estaba oculta tras los pliegues de su falda gris de diseño, apretada contra la parte baja de su espalda fuera de la vista.
“¿Qué estupidez es esta?”, Soltó Isabela con una risa nerviosa que sonó demasiado aguda, demasiado quebradiza. Alejandro, por favor, ¿vas a caer en el juego de esta desquiciada? Está intentando ganar tiempo. Está intentando distraerte del hecho de que tenía el reloj de tu madre en su bolsillo. Isabela dio un paso hacia él, intentando acortar la distancia, intentando usar su cercanía física, su perfume, su tacto para nublar el juicio de su esposo. Levantó la mano izquierda, la libre, para acariciarle la mejilla.
Mi amor, mira cómo tienes a Leo”, susurró ella señalando al niño con un gesto teatral de dolor. El pobrecito está aterrorizado por los gritos de esta mujer. Sácala de aquí. Llama a seguridad. No le des el gusto de seguir con este circo. Hazlo por tu hijo. Alejandro miró a Leo. El chico seguía inmóvil en su silla de ruedas, pero algo en la mirada de su padre hizo que Leo reaccionara. El niño no miraba a Carmen con miedo.
No. Sus ojos grandes y oscuros estaban fijos en Alejandro y en ellos no había terror hacia la criada, sino una súplica muda, desesperada. Leo estaba intentando decirle algo con la mirada, algo que su boca, sellada por meses de manipulación psicológica, no se atrevía a pronunciar. Alejandro sintió un escalofrío. Era un hombre de negocios, un experto en leer a las personas en las mesas de negociación. Sabía detectar cuando alguien mentía sobre un contrato. ¿Cómo era posible que no pudiera leer lo que pasaba en su propio jardín?
Pero la duda, esa pequeña semilla que Carmen había plantado, comenzó a echar raíces violentas. Recordó las últimas semanas. Recordó como Leo siempre estaba durmiendo cuando él llegaba del trabajo. Recordó las veces que Isabela le decía, “No lo molestes, cariño. Hoy tuvo un día difícil y le di sus vitaminas para que descanse. Recordó la palidez de su hijo, la apatía, la falta de apetito que los médicos atribuían a la depresión por su condición. ¿Y si no era depresión?” Alejandro dio un paso atrás, alejándose de la caricia de Isabela.
La mano de ella quedó suspendida en el aire, rechazada. “Enséñame la mano”, dijo Alejandro. Su voz sonó ronca, irreconocible. La cara de Isabela palideció bajo el maquillaje perfecto. Sus ojos destellaron con una mezcla de pánico y furia contenida. “¿Qué?”, preguntó ella, fingiendo no haber entendido. “Que me enseñes la mano derecha, Isabela, la que tienes escondida detrás de la espalda. Esto es inaudito, explotó ella, cambiando la táctica de la seducción a la indignación ofendida. Retrocedió dos pasos, poniendo distancia entre ellos.
¿Me estás revisando a mí, a tu esposa? ¿Vas a poner la palabra de una sirvienta ignorante, una ladrona que acabamos de atrapar por encima de mi dignidad? Alejandro, me estás humillando. La única que se está humillando eres tú. Si no me muestras qué tienes ahí. Intervino Carmen. Su voz era firme, aunque las piernas le temblaban. Sabía que se jugaba la vida. Si Isabela lograba tirar lo que tenía en la mano, si lograba esconderlo entre los arbustos, Carmen iría a la cárcel y Leo quedaría condenado.
No podía permitirlo. Suéltelo, señora. Deje que el señor vea cómo cuida usted al niño. Cállate, insolente. Chilló Isabela girándose hacia Carmen con una violencia que hizo que Alejandro parpadeara. Esa no era la mujer dulce con la que se había casado. Esa era una fiera acorralada. Isabela. La voz de Alejandro subió de volumen tronando en el jardín. Basta. No voy a repetirlo. Enséñame la mano. Ahora. El silencio volvió a caer, pesado como una losa. Los pájaros parecían haber huido del jardín.
Solo se escuchaba la respiración entrecortada de Leo, que había comenzado a llorar en silencio, lágrimas gordas rodando por sus mejillas pálidas. Isabela miró a su esposo. Vio que la duda se había transformado en sospecha. Vio que el papel de víctima ya no funcionaba. Su mente calculadora trabajó a mil por hora. Necesitaba una salida. Necesitaba deshacerse de la evidencia. Bien, dijo Isabela con voz gélida, irguiendo el mentón con arrogancia. Si tanto desconfías de mí, si tanto prefieres creerle a la servidumbre, entonces me voy.
No voy a quedarme aquí para ser insultada. Me voy a mi habitación y haré las maletas. Claramente este matrimonio fue un error si no hay confianza. Isabela dio media vuelta bruscamente, intentando caminar hacia la casa, manteniendo su mano derecha oculta contra el costado de su cuerpo, protegida por el ángulo de su propia cadera. Fue un movimiento inteligente. Fue una jugada de ajedrez diseñada para hacer sentir culpable a Alejandro y al mismo tiempo darle la oportunidad de tirar el objeto en el primer inodoro que encontrara.
Pero Carmen no era una pieza de ajedrez. Carmen era una madre en espíritu y las madres no dejan escapar al lobo. No la deje ir, gritó Carmen, rompiendo el protocolo, rompiendo las reglas, rompiendo todo. Si entra a la casa, lo tirará. Señor, deténgala. Alejandro no pensó. Actuó. El instinto paternal, ese que había estado dormido bajo capas de trabajo y estrés, despertó de golpe ante la urgencia en la voz de la empleada. Isabela, detente”, ordenó. Isabela no se detuvo.
Aceleró el paso, sus tacones golpeando la piedra del camino con urgencia. Alejandro corrió. Fueron tres zancadas largas, potentes. Alcanzó a su esposa justo antes de que llegara al arco de flores que separaba el jardín de la terraza. La agarró por el brazo izquierdo, obligándola a girarse. “Te dije que te detuvieras. Suéltame, ¿me lastimas?”, gritó Isabela forcejeando, retorciéndose como una serpiente atrapada. “Muéstrame la mano”, rugió Alejandro. La escena era grotesca. El millonario elegante forcejeando con su esposa en medio de un jardín de ensueño.
La fachada de la familia perfecta se desmoronaba a pedazos, ladrillo a ladrillo, grito a grito. Y en el centro de todo, la verdad pugnaba por salir. La verdad en la palma de la mano. El forcejeo duró apenas unos segundos, pero parecieron horas. Isabel la luchaba con una fuerza sorprendente, una fuerza nacida de la desesperación pura. pataleaba intentando pisar a Alejandro, intentando morderle si era necesario. Ya no había elegancia, solo había pánico salvaje. “No, no tienes derecho”, chillaba ella con el rostro enrojecido, las venas del cuello marcadas.
⏬ Continua en la siguiente pagina ⏬
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.
