Rodrigo se escabulló por costumbre, pero su mente estaba distraída, revisando contratos, inversiones, decisiones recibidas que confirmaban que había dejado definitivamente atrás su antigua vida.
Luego la vio.
Al principio era sólo una silueta saltando, una figura femenina cargando leña sobre el camino que bordeaba la antigua propiedad que había sido su hogar.
El caballo se detuvo casi por sí solo, como si reconociera aquel lugar cargado de memoria, y Rodrigo sintió un repentino escalofrío recorrer su cuerpo sin explicación inmediata.
Gabriela levantó la cabeza.
Sus miradas se encontraron como un golpe brusco, brutal, imposible de evitar, y el tiempo pareció detenerse en un espeso silencio que ninguno de los dos estaba preparado para afrontar.
Ella era más gruesa, su rostro marcado por el trabajo duro, pero había algo imposible de ignorar que ocupaba todo el espacio entre ellos.
Su vientre.
Grande, redondo, obvio.

Rodrigo hizo cálculos sin medida, fechas que coincidían con cruel precisión, últimos minutos antes del divorcio, despedidas sin sospechas, promesas que jamás imaginó consecuencias.
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