MILLONARIO DISFRAZADO DE TAXISTA LLEVA A SU PROPIA ESPOSA, LO QUE ELLA LE CONFIESA DURANTE EL VIAJE
Su sangre se heló.
Ese niño era suyo.
Valetipa notó el cambio en el cuerpo de Rodrigo, la rigidez repentina, la tensión en las manos, la respiración contenida como si hubiera visto un fantasma.
"¿Rodrigo?", preguntó, con la sonrisa a punto de quebrarse. "¿Qué pasa?"
Él no respondió.
Gabriela bajó la mirada al principio, no por vergüenza sino por costumbre, y continuó caminando, como si ese pasillo fuera una carga más que debía llevar.
Ese gesto duele más que mis palabras.
Rodrigo se apeó sin pensarlo, dejando a Valenzuela atrás, confundida, y dio unos torpes pasos hacia la mujer que había sido su esposa durante ocho años.
"Gabriela", dijo, y su nombre salió cargado de culpa.

Ella se detuvo.
Colocó cuidadosamente la leña en el suelo, protegiendo su vientre con las manos firmes, aprendió después de meses de hacerlo sola.
—Rodrigo —respondió ella con calma—. No esperaba verte aquí.
—Yo… —tragó saliva—. No lo sabía.
Gabriela lo miró a los ojos, con una calma que sólo viene después de llorar lo más posible.
-Lo sé.
"¿Es mía?" preguntó, aunque la respuesta ya estaba escrita en cada gesto.
Le tomó un segundo.
—Sí. Es tu hijo.
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