Cuando por fin volvimos a ver al bebé, dormía profundamente. Mi nuera lo abrazó con ternura, llorando de puro alivio. Mi hijo me apretó el hombro.
"Papá... gracias. No sabemos qué habríamos hecho sin ti".
Solo pude sonreír. A veces, los abuelos sentimos que nuestro papel se desvanece a medida que nuestros hijos crecen. Pero momentos como este nos recuerdan lo vitales que aún somos.
Salimos del hospital cerca de la medianoche. Madrid brillaba bajo las farolas, y el aire fresco de la noche nos quitaba el peso del pecho. Hablamos de cambios en su rutina, jabones más suaves y citas de seguimiento.
Lo que empezó como una tarde aterradora terminó como una lección para todos.
Una lección de vigilancia, instinto... y la frágil complejidad de cuidar una vida tan pequeña.
Y mientras el bebé dormía en brazos de su madre, ajeno a todo el caos que había provocado, me di cuenta de algo:
ver continúa en la página siguiente
