Estaba tirada en el suelo, el vestido todo rasgado, dos hombres la sostenían. Rafael miró a su mujer por última vez. Carolina estaba en manos del mismísimo El tuerto Garza se arrodilló junto a ella con esa sonrisa que prometía puro horror. “Carolina!”, gritó Rafael intentando levantarse, pero el coyote Salazar le puso la bota en la espalda. “Tranquilo, compadre”, dijo con burla.
Deja que tu mujer aprenda cómo se hacen las cosas aquí. Al fondo, la hermana menor de Carolina, María, una chamaquita, lloraba amarrada. “Suéltenla, es solo una niña, cabrones”, suplicó Carolina con la voz quebrada. El coyote soltó una risa seca. Las niñas crecen rápido en tiempos de revolución. Y entonces le puso la pistola en la nuca a Rafael. Despídete de tu marido, inútil, muchacha.
El disparo retumbó como un trueno. El cuerpo de Rafael cayó sin vida, levantando polvo y sangre. El tuerto la jaló hacia adentro mientras el coyote montaba su caballo llevando a María consigo. Y Carolina quedó tirada en el suelo sin reacción.
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