MILLONARIO INVITÓ A LA SEÑORA DE LA LIMPIEZA PARA HUMILLARLA… PERO ELLA LLEGÓ COMO UNA DIOSA
Sofía le agarró la mano con firmeza.
—¿Y si sí vas? ¿Y si llegas tan hermosa que se les caiga la mandíbula? ¿Y si le cambias el guion a ese arrogante?
Patricia dejó escapar una carcajada nerviosa, casi un sollozo.
—¿Con qué vestido, Sofía? ¿Con qué dinero? Mando la mitad del salario a mi abuela en Oaxaca. Apenas alcanzo.
Sofía se quedó pensativa. Luego señaló el cuello de Patricia.
—Tú tienes esa cadena de oro que te dejó tu mamá, ¿no?
Patricia se llevó los dedos al dije en forma de corazón. Era lo único que tenía de ella desde que murió cuando Patricia tenía quince. Un pedacito de amor convertido en metal.
—No puedo venderla.
—No vender. Empeñar. Dos meses. Compras un vestido. Vas. Te defiendes. Y cuando consigas un mejor empleo… la recuperas.
La idea dolía, como arrancarse una costilla. Pero Patricia también sintió otra cosa: una chispa. Un “ya basta” naciendo donde antes solo había resignación. Miró el sobre dorado una vez más. Y en vez de verlo como amenaza, por primera vez lo vio como una puerta, aunque estuviera custodiada por alguien cruel.
Esa noche, antes de dormir, Patricia se quedó mirando el techo. Y por primera vez en mucho tiempo, no sintió solo miedo… sino la certeza de que algo iba a pasar. Algo grande. Algo que podía romperla… o cambiarlo todo….
Al día siguiente, pidió permiso y fue al centro. La casa de empeño olía a desesperación: gente apretando bolsas, rostros cansados, manos temblorosas entregando pedazos de su vida. Cuando el valuador tomó la cadena, Patricia sintió una punzada en el pecho.
—Oro de buena calidad —dijo él sin emoción—. Puedo dar quinientos pesos.
Quinientos. Ridículo para la alta sociedad. Enorme para ella. Patricia firmó, tragándose las lágrimas. Al salir, no miró atrás, porque sabía que si lo hacía, se desmoronaría.
Con el dinero fue a una zona donde las mujeres ricas vendían vestidos usados como si fueran caprichos desechables. En la tercera tienda, lo encontró: un vestido morado, con lentejuelas discretas, elegante sin gritar, como una noche estrellada sin exceso. La vendedora, una mujer con acento porteño, la observó con una mezcla de ternura y experiencia.
—Primera gala, ¿no? —adivinó.
Patricia asintió, nerviosa.
—Este te queda perfecto. Talla treinta y ocho. Era de la esposa de un empresario. Lo usó una vez.
Cuando Patricia se lo probó, se quedó quieta frente al espejo. No vio a la limpiadora. Vio a una mujer con postura, con ojos vivos, con una belleza que siempre estuvo ahí, escondida bajo uniformes y cansancio. El morado le encendía la mirada.
—¿Cuánto cuesta? —preguntó, casi temiendo la respuesta.
—Normalmente ochocientos —dijo la vendedora… y luego bajó la voz—. Pero te lo dejo en cuatrocientos cincuenta. Algo me dice que tú lo necesitas más.
Patricia salió con el vestido como quien lleva un secreto. Compró sandalias sencillas, arregló su cabello en un salón de barrio, practicó modales viendo videos, ensayó sonrisas para no temblar. En el trabajo, Sebastián notó su distracción.
—Pensando en el baile, Patricia —murmuró con sarcasmo—. Espero que no gastes tus ahorros en tonterías.
Ella respiró hondo.
—No se preocupe, señor Vargas. Ahí estaré.
La sorpresa le cruzó el rostro, mínima, pero real. Patricia entendió algo en ese momento: los hombres como él se alimentaban del miedo ajeno. Y ella acababa de negarle el plato.
La noche anterior, su abuela Guadalupe llamó desde Oaxaca. Tenía esa voz que parecía arrullar y ordenar al mismo tiempo.
—Mi hija… te oigo rara. ¿Estás bien?
Patricia intentó minimizarlo, pero la abuela siempre supo leerla.
—Voy a un evento importante, abuela. Y estoy nerviosa.
Doña Guadalupe guardó silencio, como si buscara algo en la memoria.
—Tu mamá trabajó de empleada doméstica toda su vida —dijo al fin—, pero tenía más clase que muchas señoras con joyas. Y tú heredaste eso. ¿Sabes para quién trabajó en la ciudad?
Patricia negó, aunque la abuela no podía verla.
—Para los Mendoza Reyes. Una familia importante. La señora de la casa… apreciaba mucho a tu mamá. Decía que era inteligente. Educada. Tu mamá se fue orgullosa, como siempre… pero dejó huella.
Las palabras se le quedaron a Patricia como un amuleto: “sangre de nobleza”, no por apellido, sino por carácter.
El día del baile llegó con un cielo limpio. Patricia se bañó como si quisiera desprenderse del pasado, se maquilló con discreción, se recogió el cabello en un moño bajo y se puso el vestido morado. Cuando se miró al espejo, tragó saliva. No era magia. Era decisión.
Sofía la vio salir y se quedó boquiabierta.
—Vas a hacer que se atragante con su propio veneno.
En el club campestre, autos de lujo escupían hombres en smoking y mujeres con vestidos imposibles. Patricia bajó del transporte por aplicación y sintió miradas curiosas. Un guardia revisó su invitación, sorprendido de no verla llegar con chófer.
—Bienvenida, señorita Salazar.
Adentro, los candelabros, las flores importadas, la porcelana… todo parecía diseñado para recordarles a algunos que pertenecían y a otros que no. Patricia caminó despacio, sosteniendo su bolso prestado como si fuera una brújula.
Y entonces lo vio: Sebastián, riendo con un grupo de hombres. Cuando sus ojos se encontraron, su sonrisa se apagó como una vela. Por primera vez, no vio a la limpiadora. Vio a una mujer.
Patricia se acercó.
—Buenas noches, señor Vargas.
—¿Tú… lograste venir? —balbuceó él, intentando recomponerse.
—Usted me invitó.
Uno de sus amigos, un hombre mayor de mirada aguda, extendió la mano.
—Javier Torres. ¿Patricia Salazar?
Patricia aceptó el saludo con firmeza.
ver continúa en la página siguiente
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.
