MILLONARIO LLEGA A CASA Y VE A SU HIJA TEMBLANDO CON LA ROPA EMPAPADA

MILLONARIO LLEGA A CASA Y VE A SU HIJA TEMBLANDO CON LA ROPA EMPAPADA

“Papá… por favor… date prisa y ven a casa. Tengo mucho frío… y Raquel no me deja cambiarme…”

La voz de Sofía Delgado, ocho años recién cumplidos, se colaba por el buzón de voz como un hilito que se iba rompiendo entre sollozos. Javier escuchó el primer mensaje en el pasillo alfombrado del hotel, todavía con el aplauso de la sala de conferencias retumbándole en los oídos. Afuera llovía con esa lluvia terca de noviembre que en la Ciudad de México no cae a chorros, pero se mete en los huesos.

Eran las seis de la tarde de un martes. El termómetro marcaba once grados. Y él, con cuarenta años, traje de corte italiano y un contrato millonario recién firmado con inversionistas alemanes en el salón de Polanco, sintió que la sangre se le helaba como si alguien le hubiera tirado una cubeta de agua en la espalda.

Había visto su teléfono vibrar durante la presentación final. Lo había ignorado por “profesionalismo”. Ahora tenía cinco mensajes de voz, cada uno más desesperado que el anterior, en los últimos cuarenta minutos.

En el primero, Sofía explicaba entre dientes castañeando que su madrastra, Raquel Salgado, la dejó afuera bajo la lluvia “más de dos horas” porque en la mañana se le olvidó cerrar la puerta del garaje antes de irse a la escuela.

Javier no alcanzó a terminar la maldición que le subió a la lengua.

No se despidió. No sonrió. No levantó la copa. Simplemente echó a correr.

Los alemanes seguían brindando con champán caro, felicitándolo por el acuerdo. Su asistente, Miguel Ibarra, lo vio atravesar el lobby como una bala.

—Licenciado, ¿todo bien? —alcanzó a decir Miguel, siguiéndolo.

—Emergencia familiar —escupió Javier sin voltear—. Cancela todo. TODO.

El valet apenas tuvo tiempo de entregarle las llaves del Mercedes negro. Javier arrancó con torpeza, sin mirar la cara del muchacho. En el retrovisor, la entrada del hotel se hizo pequeña mientras él apretaba el volante con tanta fuerza que le dolían los dedos.

En el camino hacia su casa en las Lomas, la lluvia golpeaba el parabrisas como uñas. Javier puso el teléfono en altavoz y escuchó el segundo mensaje.

“Papá… ya me dejó entrar… pero no me deja quitarme la ropa mojada. Me hizo sentarme en el sofá así… toda empapada… y se fue a dormir…”

Algo en su pecho se rompió, chiquito pero definitivo.

 

 

 

 

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