MILLONARIO LLEGA A CASA Y VE A SU HIJA TEMBLANDO CON LA ROPA EMPAPADA
El tercer mensaje era aún peor. La voz de Sofía sonaba más baja, como si hablara desde el fondo de una tina.
“Papá… llevo casi dos horas aquí sentada… tengo los labios morados… me duelen los dientes… Raquel dijo que si me muevo… me va a ir peor…”
El cuarto era puro llanto. Palabras atropelladas.
“No es justo… fue un accidente… iba a perder el camión… por favor…”
Y el quinto… el quinto fue el que le hizo pisar el acelerador al límite de lo permitido, con el corazón golpeándole la garganta.
“Papá… me da vueltas todo… tengo sueño… pero tengo miedo de dormirme… la maestra dijo que con hipotermia… se duermen y no despiertan… por favor… ven…”
Javier marcó a Raquel sin soltar el volante. Una vez. Dos. Tres.
Ella no contestó. Como siempre cuando era él.
Le dejó un mensaje con voz tan controlada que daba miedo.
—Raquel, voy en camino. Me faltan quince minutos. Más te vale tener una explicación excelente para lo que le estás haciendo a mi hija… porque si no, las consecuencias van a ser severas.
Colgó. Tragó saliva. En el tablero, el reloj avanzaba como una burla. Javier pensó en los dos años desde que murió Mariana, la mamá de Sofía, en aquel choque absurdo en la autopista. Pensó en el vacío que quedó. En la prisa con la que él se casó con Raquel un año después, convencido de que Sofía necesitaba “una figura materna” y él, un respiro para trabajar.
Qué fácil era confiar cuando uno estaba siempre fuera.
Llegó a la mansión de tres pisos y estacionó de golpe, bloqueando media entrada. Ni siquiera cerró bien la puerta del auto. Corrió bajo la lluvia hasta la puerta principal, metió la llave con manos temblorosas y empujó con tanta fuerza que la madera golpeó la pared.
—¡Sofía! —gritó, con el eco rebotando en el mármol.
La encontró en la sala, acurrucada en el sofá de cuero como un gatito abandonado.
Su uniforme azul marino estaba empapado al punto de gotear; debajo, un charco oscuro se extendía en el piso. El cabello castaño largo se le pegaba a la cara pálida. Los labios tenían un tinte azulado que no dejaba lugar a dudas. Temblaba tan fuerte que todo su cuerpecito se sacudía como si alguien lo moviera desde dentro. Sus ojos estaban medio cerrados, vidriosos, perdidos.
Javier sintió que el corazón se le detenía un segundo entero.
—Dios santo…
Se arrodilló y tocó la piel de su mejilla. Estaba helada. No “fría”. Helada.
Eso no era un castigo. Eso era peligro real.
—Papá… —susurró Sofía, y la palabra apenas salió—. Tengo… tanto frío…
—Aquí estoy, mi amor. Aquí estoy —dijo él, con la voz quebrándose—. Te voy a calentar. Te lo juro.
La levantó con extremo cuidado. La ropa mojada pesaba como si trajera piedras cosidas. El agua empapó el traje de Javier, caro, perfecto, inútil. No le importó.
—¿Dónde está Raquel? —preguntó, con una calma que era puro filo.
—En… su cuarto —respondió Sofía, castañeando—. Dijo… que no la molestara…
Javier subió las escaleras con Sofía pegada a su pecho. Entró al baño principal del segundo piso, abrió la llave de la tina y dejó correr agua tibia. No caliente. Había leído lo suficiente —y ahora lo odiaba— para saber que el cambio brusco podía ser peor.
Con manos rápidas y cuidadosas, comenzó a quitarle la blusa del uniforme. Estaba tan pegada a su piel que tuvo que despegarla como si fuera cinta adhesiva. La falda, los calcetines, los zapatos llenos de agua. Cuando por fin la dejó desnuda, vio manchas azuladas en las extremidades, signos de circulación comprometida. Espasmos. Temblor violento.
—Princesa… te voy a meter en agüita tibia. Va a sentirse raro al principio —le explicó, tratando de que su voz fuera un lugar seguro.
Sofía apenas asintió.
Al tocar el agua, gimió.
—Duele, papá… como si quemara…
—Lo sé, mi vida. Es normal. Tu cuerpo está muy frío… aguanta conmigo. Respira conmigo.
Mientras Sofía se iba calmando poco a poco, Javier marcó al 911.
—Necesito una ambulancia en Sierra… en Lomas de Chapultepec. Mi hija tiene hipotermia por exposición prolongada al frío y lluvia.
La operadora preguntó lo necesario. Él contestó con la verdad, sin adornos.
—Mi esposa la dejó afuera bajo la lluvia como castigo y luego no le permitió cambiarse durante horas.
Hubo una pausa. La voz de la operadora bajó un tono.
—Señor, eso constituye abuso infantil y negligencia grave. Voy a notificar a la Procuraduría de Protección y al DIF.
—Haga lo que sea necesario —dijo Javier, y no tembló—. Solo quiero que mi hija esté bien.
Colgó. Se quedó mirando a Sofía, que ahora tenía los ojos entreabiertos y respiraba como si le costara trabajo estar despierta. Javier le tomó la mano.
—No te duermas todavía, ¿sí? Estoy aquí.
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