MILLONARIO LLEGA A CASA Y VE A SU HIJA TEMBLANDO CON LA ROPA EMPAPADA

La sirena se escuchó afuera, lejana y creciente, como un juicio que ya venía en camino.

Javier regresó al baño. Los paramédicos subieron rápido. Una mujer, Carmen, le tomó la temperatura a Sofía.

—Treinta y cuatro grados… —dijo, seria—. Hipotermia leve, pero hay que vigilar. Señor, la vamos a trasladar al Hospital Infantil de México para observación.

Sofía se asustó al ver la camilla.

—Papá… no quiero ir… tengo miedo…

Javier se agachó y pegó su frente a la de ella.

—Yo voy contigo. No te suelto. Ni un segundo.

En el hospital, la pediatra, la doctora Jimena Méndez, examinó a Sofía con delicadeza profesional y una tristeza visible.

—Su hija tuvo suerte, señor Delgado. En niños, la hipotermia puede avanzar muy rápido. Una o dos horas más y podríamos estar hablando de complicaciones serias.

Javier sintió náuseas. Se sentó porque las piernas ya no lo sostenían.

—¿Se va a recuperar…?

—Físicamente sí, con cuidado. Emocionalmente… este tipo de experiencia deja huella. Le recomiendo terapia. Y vamos a reportar el caso.

No hubo forma de esquivar la verdad.

Más tarde llegó la trabajadora social, Patricia Ruiz. Tenía una carpeta bajo el brazo y una mirada firme que no era acusación, era protección.

—Necesito que me cuente exactamente qué pasó hoy —pidió.

Javier lo contó todo. Los mensajes. La lluvia. La escena del sofá. La tina. La pelea.

Patricia escuchó, tomó notas, y luego preguntó algo que le dolió más que cualquier golpe.

—¿Ha habido otros castigos excesivos antes?

Javier pensó en Sofía callándose cuando Raquel entraba a un cuarto. Pensó en su propia comodidad, en su “no me meto porque me toca trabajar”.

—No así… pero sí ha sido dura. Una vez… Sofía tiró leche y la hizo limpiar toda la cocina por horas. Otra vez le quitó sus libros y juguetes un mes entero…

Patricia no cambió la expresión, pero sus ojos se endurecieron.

—¿Sofía le tiene miedo?

Javier cerró los ojos.

—Sí. Y yo… yo lo ignoré.

—¿Por qué?

La respuesta le salió con vergüenza.

—Porque quería creer que mi matrimonio funcionaba. Porque me daba miedo admitir que me equivoqué… y porque era más fácil confiar que estar presente.

Patricia asintió, sin juzgar.

—Ahora lo importante es qué va a hacer con lo que ya sabe.

Javier no dudó.

 

 

 

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