Mis manos de 76 años sacaron un cuerpo atado del río. Estaba vivo...-tramly
—Aguanta, hijo —le dije, sin saber si me oía, sin saber si era hijo de alguien que lo estaba buscando a la desesperada en ese mismo instante—. No te sueltes.
Me arrodillé en la orilla embarrada y comencé a aflojarle las cuerdas. Mis dedos, torpes por la edad, se negaban a obedecer. Maldije mis años, mis articulaciones, mi lentitud… pero seguí. La vida no espera, me repetía, y él tampoco podía.
Cuando por fin liberé sus muñecas, cayó hacia mí, como si su cuerpo reconociera el calor humano antes que la conciencia. Le apoyé la cabeza sobre mis rodillas y acerqué mi oído a su boca.
Respiraba.
Débil, pero respiraba.

No sé cuánto tiempo pasé allí, protegiéndolo del viento, del agua, de la oscuridad. Solo recuerdo la sensación de que el río, ese río que había visto tanto, me había entregado una oportunidad que no podía desperdiciar.
Y allí, bajo la luz fría de la madrugada, entendí algo con una claridad que no tenía desde hacía años:
A veces, incluso a los 76, la vida te llama a ser héroe cuando menos lo esperas.
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