Mis padres me echaron de casa dos días después de una cesárea… porque mi hermano menor , un streamer en ascenso, necesitaba mi cuarto.

A los dos días de mi cesárea, cuando todavía sangraba, cuando el cuerpo me temblaba cada vez que respiraba hondo y levantarme de la cama sin ayuda era una lucha, mi propio padre me señaló la puerta.

No gritó. No discutió. No explicó demasiado.
Simplemente dijo que tenía que irme.
Así. Sin rodeos.

El canal de mi hermano por fin estaba creciendo. Necesitaba mi cuarto para sus directos. Eso era todo.

Mi madre cerró la maleta encima de los pañales del bebé con un gesto seco y murmuró, molesta, que dejara de hacerme la víctima. Que no pasaba nada. Que exageraba como siempre.

Salí a la calle con mi hijo recién nacido en brazos.

Ellos pensaban que habían resuelto un problema.
En realidad, acababan de encender algo que ya no se podía apagar.

Todavía tenía las grapas frescas en la piel cuando mi padre abrió la puerta del cuarto del hospital con esa expresión seria que solo usaba cuando quería “hablar en serio”. Ni siquiera miró a mi hijo, dormido a mi lado.

Dijo que, en cuanto me dieran el alta, tenía que ir pensando dónde me iba a quedar.

Parpadeé, aturdida por los calmantes. Le pregunté cómo que dónde, si yo vivía en casa.

Se cruzó de brazos y empezó a explicarme, con una calma ensayada, que mi hermano necesitaba mi habitación. Que su canal estaba despegando. Que ya iba a streamear en serio. Que había patrocinadores, contratos, oportunidades. Que lo suyo era una inversión. Y lo mío… ya se vería.

Miré a Bruno, mi bebé de apenas dos días, con la carita aún marcada por la cesárea, y sentí cómo algo se me cerraba por dentro.

ver continúa en la página siguiente