mx1″Soy Mayor Para Ti”, Dijo la Viuda — El Joven Camionero Sonrió y la Hizo Temblar Hasta el Amanecer
La edad es solo un número y no te veo como una madre. El silencio que siguió fue denso, cargado de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar. Ella desvió la mirada hacia la ventana, pero vi como sus mejillas se sonrojaban ligeramente. Pasamos un letrero que indicaba San Miguel del desierto, 50 km adelante.
El sol comenzaba a descender, tiñiendo el cielo de naranja y púrpura. Sofía no había dicho una palabra en la última hora, pero yo sentía su presencia como si ocupara todo el espacio de la cabina. “Puedo dejarte en San Miguel”, ofrecí. Hay autobuses que salen hacia el sur. No puedo tomar autobuses, respondió rápidamente. Ellos revisan los autobuses.
¿Quiénes son ellos? Sofía cerró los ojos. Personas que no perdonan. Mi corazón latió más rápido. Fuera quien fuera, esta mujer estaba metida en algo peligroso. Lo sensato sería dejarla en el próximo pueblo y olvidarme de ella. Pero cuando la miré de nuevo, vi algo que me desarmó completamente. Vi a alguien que había perdido todo y aún así seguía luchando. “Está bien”, dije.
Finalmente, “te llevaré hasta donde necesites ir.” Ella me miró con sorpresa genuina. “¿Por qué harías eso por una desconocida?” No tenía una respuesta lógica. Solo sabía que algo en Sofía había despertado una parte de mí que creía muerta desde que mi madre falleció dos años atrás.
Esa necesidad de proteger, de importarle a alguien, porque todos merecemos una segunda oportunidad, respondí. Sofía extendió su mano y tocó la mía sobre el volante. Fue un contacto breve, pero sentí una corriente eléctrica recorrer mi brazo. Ella también lo sintió porque retiró la mano rápidamente como si se hubiera quemado.
Eres peligroso susurró, pero no supe si hablaba de mí o de lo que estaba comenzando a sentir. La noche cayó sobre nosotros como una manta pesada. Las luces del camión cortaban la oscuridad de la carretera vacía. Sofía se había quedado dormida, o al menos fingía estarlo. Su cabeza descansaba contra la ventana y en el reflejo del vidrio vi que sus labios se movían como si rezara.
Pero lo que no sabía entonces era que Sofía no estaba rezando. Estaba contando, contando los kilómetros que nos separaban de las personas que la perseguían. contando las horas que le quedaban antes de que todo explotara, contando los latidos de un corazón que había decidido sentir una última vez antes de que fuera demasiado tarde.
El motor del Kenworth rugía en la noche mientras yo intentaba mantenerme despierto. Sofía se había despertado hace una hora y ahora me observaba en silencio. podía sentir su mirada sobre mí, estudiándome como si tratara de resolver un acertijo. “¿Por qué te hiciste camionero?”, preguntó de repente. La pregunta me tomó desprevenido. Mi padre lo era. Murió en esta misma carretera hace 5 años.
Volcadura. “Lo siento”, dijo con genuina compasión. “¿Y tú qué hacías antes de esto?”, señalé vagamente, refiriéndome a su situación. Sofía tardó en responder. Era maestra. Enseñaba literatura en una secundaria de Monterrey. Tenía una vida normal, un esposo, una casa pequeña pero cómoda.
Tenías mi esposo murió hace 8 meses. Dijo con voz plana, como si hubiera repetido esas palabras tantas veces que ya no le dolieran. Pero yo sabía que sí dolían. Lo vi en la forma en que sus manos se cerraron en puños. ¿Qué pasó? Accidente, dijeron, pero los accidentes no dejan cartas de amenaza debajo de la puerta. Ahí estaba la primera grieta en su armadura.
Alguien había matado a su esposo y ahora venían por ella. Las piezas comenzaban a encajar, pero el cuadro completo seguía siendo un misterio. ¿Por eso huyes? Huyo, porque si me quedo termino como él y antes de morir quiero se detuvo abruptamente como si hubiera estado a punto de revelar demasiado. ¿Quieres qué? Presioné. Sofía me miró con una intensidad que me hizo tragar saliva.
Quiero sentir que estoy viva una última vez. El aire en la cabina se volvió denso. Había algo en la forma en que lo dijo, en la forma en que me miraba, que hizo que mi pulso se acelerara. Pero había algo más en sus palabras, algo oscuro que no terminaba de comprender. “No hables como si fueras a morir”, dije con más emoción de la que pretendía mostrar. Todos vamos a morir, Diego.
Algunos solo sabemos cuándo. Antes de que pudiera responder, las luces de un vehículo aparecieron detrás de nosotros. Sofía se tensó inmediatamente, girándose para mirar por el espejo. ¿Son ellos?, pregunté sintiendo la adrenalina. No lo sé, pero no podemos arriesgarnos. Aceleré.
El Kenworth no era rápido, pero en estas carreteras rectas podía mantener buena velocidad. El vehículo detrás de nosotros también aceleró. Definitivamente nos seguían. ¿Qué llevas en esa mochila, Sofía? Exigí saber. Drogas, dinero, justicia, respondió con voz fría. Llevo justicia. No tenía idea de qué significaba eso, pero no había tiempo para preguntas.
El vehículo detrás de nosotros se acercaba peligrosamente. Podía ver ahora que era una camioneta negra, vidrios polarizados sin placas visibles. “Agárrate”, le advertí. Tomé un desvío brusco hacia un camino de terracería que conocía. El camión se sacudió violentamente, pero logré mantener el control.
La camioneta nos siguió, pero la ventaja del Kenworth en terreno irregular era clara. Conocía estos caminos, ellos no. Después de 20 minutos de persecución por caminos polvorientos, las luces detrás de nosotros desaparecieron. Había logrado perderlos, al menos por ahora. Detuve el camión en un claro oculto entre rocas y matorrales. Apagué el motor y las luces.
El silencio era absoluto, solo interrumpido por nuestras respiraciones agitadas. Sofía temblaba, pero no de miedo. Era algo más. Cuando me giré para mirarla, vi lágrimas corriendo por sus mejillas. Gracias, susurró. No tenías que hacer eso. Sí, tenía, respondí. No voy a dejar que te pase nada. Ella rió entre lágrimas.
Ni siquiera me conoces. Entonces, cuéntame, cuéntame todo. Sofía me miró durante un largo momento como si evaluara si podía confiar en mí. Finalmente abrió la mochila. Dentro había fajos de billetes, muchos fajos, pero también había algo más. Fotografías, documentos, una memoria USB.
Esto, dijo sosteniendo el dinero. Es lo que mi cuñado le robó a mi esposo antes de matarlo. Y esto sostuvo la memoria USB. Es la prueba de todo lo que ha hecho. Mi mente procesaba la información rápidamente. Tu cuñado mató a tu esposo. Ramón siempre fue ambicioso. Mi esposo Javier descubrió que estaba desviando fondos de la empresa familiar.
Cuando lo confrontó, Ramón lo hizo parecer un accidente, pero cometió un error. No supo que Javier me había dado copias de todo y el dinero. Es la herencia que me correspondía. Ramón la tomó. Dijo que Javier tenía deudas, mentiras. Entré a su oficina hace tres días y recuperé lo que era mío. Por eso te persiguen.
Por eso me persiguen, confirmó. Pero no es solo el dinero. Si esa memoria USB llega a las autoridades correctas, Ramón va a prisión por el resto de su vida y él lo sabe. Nos quedamos en silencio, el peso de la situación cayendo sobre nosotros. Sofía había arriesgado todo por venganza y justicia, yo, sin saberlo, me había convertido en su cómplice. ¿Por qué no fuiste directamente a la policía?, pregunté. Sofía rió amargamente.
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