mx1″Soy Mayor Para Ti”, Dijo la Viuda — El Joven Camionero Sonrió y la Hizo Temblar Hasta el Amanecer

Los doctores me dieron 6 meses y eso fue hace cuatro. El mundo se detuvo. Todas las piezas encajaron de repente. Su desesperación, su comentario sobre no tener futuro, su determinación suicida de enfrentar a Ramón. ¿Por qué no me lo dijiste? Pregunté sintiendo como si me hubieran golpeado en el estómago.

Porque no quería tu lástima respondió con lágrimas en los ojos. Quería que me vieras como una mujer, no como una paciente terminal. La abracé más fuerte, sintiendo mis propias lágrimas amenazando con salir. Sofía, por eso hago esto. Continuó. Por eso arriesgo todo, porque si voy a morir, quiero morir sabiendo que Ramón pagó por lo que le hizo a Javier.

Quiero que mi muerte signifique algo. No vas a morir. Dije con una convicción que no sentía. Vamos a llegar a la ciudad de México, vamos a entregar esas pruebas y vamos a encontrar el mejor tratamiento para ti. Sofía sonrió tristemente. Diego, el dinero que recuperé no es solo por justicia, es para pagar un tratamiento experimental en Estados Unidos.

Es mi última esperanza. Pero primero necesito asegurarme de que Ramón no pueda hacerme daño. Ahora entendía todo. Sofía no estaba huyendo solo por venganza, estaba luchando por su vida en más de un sentido. Y yo, sin saberlo, me había convertido en su última aliada en esa lucha. Entonces vamos a ganar, dije con determinación, los dos juntos.

Ella me besó entonces un beso desesperado y lleno de promesas que ambos sabíamos que tal vez no podríamos cumplir. Pero en ese momento, bajo el cielo que se teñía de naranja y púrpura, decidimos creer en el imposible. La noche nos encontró en un motel de carretera a las afueras de San Luis Potosí.

Era un lugar modesto, con paredes delgadas y camas que habían visto mejores días, pero era seguro y discreto. Pagué en efectivo sin dar nombres reales. La habitación tenía una cama doble, una televisión vieja y un baño pequeño. Sofía se sentó en la cama agotada física y emocionalmente.

Yo cerré las cortinas y verifiqué que la puerta estuviera bien cerrada. “Deberías ducharte”, sugerí. te hará sentir mejor. Ella asintió y desapareció en el baño. Escuché el agua correr y me senté en la cama tratando de procesar todo lo que había pasado en las últimas 24 horas. Había pasado de ser un camionero solitario a estar involucrado en una conspiración de asesinato, perseguido por criminales y enamorado de una mujer que estaba muriendo.

La vida tenía un sentido del humor retorcido. Cuando Sofía salió del baño, llevaba solo una toalla envuelta alrededor de su cuerpo. Su cabello mojado caía sobre sus hombros y sin maquillaje se veía más joven, más vulnerable, pero también más hermosa. “Tu turno”, dijo con voz suave.

“Me duché rápidamente, dejando que el agua caliente lavara el polvo y el miedo del día. Cuando salí, Sofía estaba sentada en la cama, vestida con una camiseta que había comprado en la gasolinera. Se veía pequeña, frágil, y algo en mi pecho se apretó. Me senté a su lado y durante un momento ninguno de los dos habló. El silencio era cómodo, íntimo.

¿En qué piensas?, preguntó finalmente. En que hace dos días no te conocía, respondí, y ahora no puedo imaginar mi vida sin ti. Sofía me miró con ojos brillantes. Diego, no digas esas cosas. No hagas esto más difícil de lo que ya es difícil. Sofía. Me importas.

Me importas más de lo que debería, más de lo que es sensato, pero no puedo evitarlo. Soy vieja para ti, dijo de nuevo. Pero esta vez sonaba como una súplica más que como una declaración. No me importa, respondí tomando su rostro entre mis manos. No me importa tu edad. No me importa que estés enferma. No me importa nada, excepto esto.

La besé suavemente al principio, luego con más intensidad. Sofía respondió al beso con una desesperación que me tomó por sorpresa. Sus manos se aferraron a mi camisa jalándome más cerca. Cuando nos separamos para respirar, ambos estábamos temblando. Si hacemos esto susurró contra mis labios, no hay vuelta atrás. No quiero volver atrás, respondí.

Lo que pasó después fue inevitable, como dos fuerzas de la naturaleza colisionando. Nos entregamos el uno al otro con una intensidad que rayaba en la desesperación, como si cada caricia, cada beso, cada suspiro fuera el último. Sofía era diferente a cualquier mujer que hubiera conocido. Había una madurez en la forma en que me tocaba, una confianza en su propio cuerpo que las mujeres jóvenes aún no tenían.

Pero también había vulnerabilidad, una necesidad de ser vista, de ser deseada, de sentirse viva. Y yo la hice sentir viva. Durante horas el mundo exterior dejó de existir. No había Ramón, no había persecución, no había enfermedad. Solo éramos nosotros dos perdidos en un momento que ambos sabíamos era robado al tiempo. Cuando finalmente nos quedamos quietos, enredados en las sábanas, con la respiración agitada y los corazones latiendo al unísono, Sofía comenzó a llorar.

No eran lágrimas de tristeza, sino de liberación. “Gracias”, susurró contra mi pecho. “¿Por qué?”, pregunté acariciando su cabello. Por hacerme sentir hermosa, por hacerme sentir deseada, por hacerme olvidar, aunque sea por unas horas, que estoy muriendo. No estás muriendo, dije con fiereza, estás viviendo y vamos a seguir viviendo juntos.

Ella me miró con una mezcla de esperanza y escepticismo. ¿De verdad crees que podemos tener un futuro? Sí, mentí. Porque en ese momento mentir era más amable que la verdad. Nos quedamos dormidos así, abrazados, como si soltarnos significara perdernos para siempre. Pero en algún momento de la madrugada me desperté y encontré a Sofía despierta mirando el techo. “¿No puedes dormir?”, pregunté. Estaba pensando.

Dijo suavemente. En todo lo que he perdido, en todo lo que nunca tendré. Pero también estaba pensando en esto, en ti, en cómo algo tan hermoso puede nacer de algo tan terrible. La vida es así, respondí caótica e impredecible. Diego, si algo me pasa, no va a pasar nada, interrumpí.

Pero si pasa, insistió, quiero que sepas que estos días contigo han sido los más felices de mi vida en mucho tiempo. Me hiciste recordar lo que es sentir, lo que es desear, lo que es amar. ¿Me amas?, pregunté sorprendido por mi propia audacia. Sofía me miró durante un largo momento. “Sí”, admitió finalmente. Sé que es una locura. Sé que apenas nos conocemos, pero sí, te amo.

Yo también te amo, dije. Y era la verdad más pura que había dicho en mi vida. Nos besamos de nuevo y esta vez fue diferente. No había desesperación, solo ternura. Era un beso que prometía mañanas que tal vez nunca llegarían, pero que en ese momento sentían tan reales como el latido de nuestros corazones.

Cuando el amanecer comenzó a filtrarse por las cortinas, supe que teníamos que seguir moviéndonos. Querétaro estaba a solo unas horas de distancia y con él la posibilidad de terminar esto de una vez por todas. Pero mientras veía a Sofía dormir en mis brazos, su rostro pacífico por primera vez desde que la conocí, una parte de mí deseaba que el tiempo se detuviera. Deseaba que pudiéramos quedarnos en esa habitación de motel para siempre, escondidos del mundo y sus crueldades. Sin embargo, sabía que eso era imposible.

Ramón no descansaría hasta encontrarnos y Sofía no tendría paz hasta que la verdad saliera a la luz. Así que cuando ella despertó, nos preparamos en silencio, cada uno perdido en sus propios pensamientos. Listo, preguntó Sofía con la mochila en mano. Listo, respondí tomando su mano. Pero lo que ninguno de los dos sabía era que mientras dormíamos, Ramón había hecho su movimiento y cuando llegáramos a Querétaro nos estaría esperando.

La carretera a Querétaro era recta y monótona, bordeada por campos agrícolas que se extendían hasta el horizonte. El sol de la mañana era implacable y el aire acondicionado del Kenworth luchaba por mantener la cabina fresca. Sofía estaba inusualmente callada, mirando por la ventana con expresión pensativa.

Yo respetaba su silencio, sabiendo que probablemente estaba procesando todo lo que había pasado entre nosotros la noche anterior. Arrepentida, pregunté finalmente sin poder contenerme. Ella me miró con sorpresa. ¿De qué? De anoche, de nosotros. Sofía sonrió y fue una sonrisa genuina que iluminó su rostro. No, para nada.

 

 

 

 

ver continúa en la página siguiente