La lluvia caía con furia y el viento rugía aquella noche en un pequeño rancho de la Sierra de Guerrero, cuando nació una bebé. Dentro de una casita de lámina y madera, no se escucharon risas ni alegría, sino gritos de horror y rechazo.
María, la madre, casi se desmaya al ver a la niña.
La bebé nació con un labio y paladar hendido severo, una gran mancha negra cubriendo parte del rostro y una malformación en la espalda que la hacía parecer jorobada.
“¿¡Qué es eso!? ¿¡Por qué salió así!?” gritó Eusebio, el padre. “¡En mi familia todos son bonitos! ¿¡De dónde salió este monstruo!?”
Movidos por el miedo al qué dirán y por supersticiones de “mala suerte”, la pareja tomó una decisión terrible. Envolvieron a la recién nacida en un costal viejo.
En medio de la tormenta, Eusebio la llevó hasta la orilla de un río crecido.
“Perdóname… no podemos criarte. Nomás traerás desgracias,” murmuró antes de dejar el costal entre el lodo y las piedras del río Bravo local.
Regresaron a casa diciendo que la bebé había nacido muerta.
Pero Dios tenía otros planes.
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