NACIDA “FEO” Y ABANDONADA POR SUS PROPIOS PADRES… ¡TODOS PALIDEARON CUANDO VOLVIERON A VERLA!
“Yo aquí te espero, hija. Ve y brilla.”
En EE. UU., Ángela se convirtió en Angelica Stone. Después de varias cirugías, aquella niña llamada “monstruo” se transformó en una mujer hermosísima y elegante.
No solo eso: se convirtió en una reconocida diseñadora de moda y CEO de una fundación de alcance mundial. Millonaria, poderosa… pero humilde.
Nunca olvidó su promesa.
Regresó a México para buscar a Don Hilario… pero ya había fallecido hacía cinco años.
Angelica lloró como una niña. Llegó tarde.
Para honrarlo, organizó una gran misión médica y humanitaria en Guerrero, su estado natal.
Miles de familias pobres hicieron fila en el gimnasio municipal para recibir medicinas, comida y ayuda económica. Angelica, vestida con un elegante vestido blanco y rodeada de escoltas, atendía a la gente personalmente.
Al final de la fila, un par de ancianos harapientos esperaban su turno.
Eusebio y María.
Después de abandonar a su hija, su vida se vino abajo:
su negocio quebró, una tormenta destruyó su casa, Eusebio enfermó y sus otros hijos los abandonaron.
Ahora vivían de limosnas.
“Eusebio, mira qué hermosa mujer… parece artista,” susurró María. “Ojalá alcance para tus medicinas.”
Cuando por fin llegaron al frente, María cayó de rodillas.
“¡Se lo suplicamos, señora! ¡Ayúdenos! ¡No tenemos ni para comer!”
Angelica los miró detrás de sus lentes oscuros. Una lágrima silenciosa cayó.
Los reconocía.
Había visto sus fotos en los archivos del DIF cuando buscó a sus padres biológicos.
Eran ellos.
Lentamente, se quitó los lentes.
“Pónganse de pie,” ordenó con voz firme, pero extrañamente familiar.
Los ancianos temblaron al verla.
Tan hermosa, tan imponente.
“¿No me reconocen?” preguntó.
“N-no, señora… nunca la habíamos visto,” respondió Eusebio.
Angelica sonrió con amargura. Se apartó el cabello, mostrando un pequeño lunar en forma de media luna en el cuello.
Una marca de nacimiento imposible de borrar.
Los ojos de María se abrieron de golpe.
“El… ¡el lunar! Ese lunar…”
Lo recordó. Lo vio aquella noche antes de arrojarla al río.
“No puede ser…” murmuró Eusebio. “Esa niña murió… la arrastró el agua…”
“Ese río no me ahogó,” dijo Angelica. “El hombre que ustedes llaman ‘basura’ me rescató. Él me amó cuando ustedes me llamaron monstruo.”
“¿Eres… nuestra hija?” sollozó María, intentando abrazarla. “¡Estás viva! ¡Y tan hermosa! ¡Y rica!”
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