NACIDA “FEO” Y ABANDONADA POR SUS PROPIOS PADRES… ¡TODOS PALIDEARON CUANDO VOLVIERON A VERLA!
Pero Angelica retrocedió.
Sus guardias bloquearon el paso.
“No me toquen,” dijo fría. “Yo no tengo padres llamados Eusebio y María. Mi padre fue Don Hilario. Él murió pobre… pero con un corazón millón de veces más rico que el de ustedes.”
“Perdónanos… te lo suplicamos,” lloró Eusebio, cayendo de rodillas. “Ya estamos pagando el karma… ayúdanos, por favor…”
Angelica vio su miseria.
Sin hijos, sin casa, sin salud.
Era cierto: la vida ya los había castigado.
“No vine a vengarme,” dijo suavemente. “Vine a demostrarles que la niña a la que llamaron ‘mala suerte’… pudo haber sido su bendición más grande si la hubieran amado.”
Tomó dos sobres y se los entregó.
“Aquí hay dinero suficiente para tratar sus enfermedades y abrir un pequeño negocio. Es mi última ayuda.”
“¡Gracias, hija! ¡Sabíamos que nos querías!” gritó María, ilusionada.
“No se equivoquen,” interrumpió Angelica. “No lo doy como hija, sino como alguien que siente misericordia. Después de esto, no vuelvan a buscarme. Nuestra relación terminó aquella noche en el río.”
“Pero hija—”
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