Nadie podía lidiar con los hijos del millonario. Hasta que la niñera cruzó una línea que nadie más se atrevió a cruzar.

Denise soltó una risa burlona.

—¿Le crees a ella? Lleva una semana aquí.

A Matthew le temblaban las manos.

—Dime que no es verdad.

Denise estalló:

—¡Necesitaban disciplina! Tú nunca estás. Alguien tenía que hacer algo.

El silencio que siguió fue asfixiante. Oliver enterró la cara en el cuello de Lauren, sollozando.

—Vete —dijo Matthew en voz baja.

Denise lo miró, incrédula.

—¿Los estás eligiendo a ellos antes que a mí?

—Son mis hijos —respondió él.

Los meses que siguieron fueron brutales. Sesiones de terapia, noches sin dormir, recaídas. Matthew cambió su horario, canceló viajes y aprendió a escuchar. Poco a poco, los niños empezaron a sanar.

Una tarde, Matthew los vio riéndose en el patio, cubiertos de lodo, y sintió que algo se aflojaba dentro de él.

Lauren estaba sentada cerca.

—Gracias —dijo Matthew—. Los salvaste.

 

 

 

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