Nadie se atrevía a cuidar a esta mujer rica atrapada en su propio cuerpo. Ella alejaba a todos con rabia y dolor. Hasta que un joven pobre hizo algo que nadie más fue capaz de hacer

En San Pedro Garza García, su nombre ya no se pronunciaba con admiración, sino con cautela. No porque fuera peligrosa, ni porque su mansión estuviera llena de alarmas y cámaras, sino por algo mucho más desgastante. Su voz. Sus gritos. Su forma de mirar a quien se acercaba como si todos vinieran a quitarle lo último que le quedaba.

El aviso de empleo circuló durante semanas. Sueldo doble. Alojamiento. Turnos claros. Todo para el cuidado de una paciente con condición especial. Al principio llegaron enfermeros titulados, terapeutas certificados, cuidadores con años de experiencia y cartas de recomendación impecables. Entraban confiados. Salían rotos. Algunos pálidos, otros con los ojos rojos, como si hubieran librado una batalla invisible.

Nadie duraba.

Adriana Villarreal, antigua empresaria del sector inmobiliario, había quedado tetrapléjica tras un accidente automovilístico tres años atrás. Su cuerpo ya no respondía, pero su mente seguía tan afilada como antes, quizá más. El problema era que el dolor, la frustración y la sensación de haber sido olvidada se le habían acumulado en el pecho hasta convertirse en veneno.

Un martes por la mañana, mientras otra cuidadora salía casi corriendo por el portón principal, Julián Reyes estacionó su motocicleta frente a la residencia. Era repartidor de comida. Mochila térmica a la espalda, guantes gastados, casco con rayones. Venía solo a entregar un pedido, pero no pudo evitar notar el ambiente pesado que salía de esa casa.

La mujer que abrió, Clara, la empleada doméstica que llevaba más de quince años allí, murmuró cansada.

Ese fue el décimo esta semana.

Julián, sin saber por qué, preguntó.

Todos vienen por el trabajo.

Clara lo miró con una mezcla de lástima y advertencia.

Sí. Para cuidar a la señora Adriana. Nadie aguanta.

Julián entregó la comida, subió a su moto y se fue. Pero la palabra aguanta le quedó resonando.

Esa noche, en su pequeña casa al sur de Monterrey, la conversación con su madre volvió a ser difícil. Doña Rosa, diabética, con las manos marcadas por años de trabajo doméstico, escuchaba en silencio.

Los medicamentos subieron otra vez, mamá. Y la moto ya no da para más.

Ella le apretó la mano con dulzura.

 

 

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