Nadie se atrevía a cuidar a esta mujer rica atrapada en su propio cuerpo. Ella alejaba a todos con rabia y dolor. Hasta que un joven pobre hizo algo que nadie más fue capaz de hacer
A veces Dios abre puertas donde uno no quiere entrar, hijo.
Julián sintió un nudo en el pecho. Porque él ya había visto una puerta. Grande. Dorada. Peligrosa.
Al día siguiente regresó a la mansión Villarreal.
Tocó el timbre.
Clara abrió y frunció el ceño al reconocerlo.
Tú eres el repartidor. Qué haces aquí tan temprano.
Me quiero postular para el trabajo.
Clara cerró los ojos un segundo.
Ay, muchacho. Ayer se fueron dos enfermeros titulados que no duraron ni dos horas. No sabes lo que dices.
Aun así quiero intentarlo.
Clara lo observó con atención, como buscando una grieta en su determinación.
Voy a avisarle. Pero te advierto algo. Te va a despedazar.
Minutos después regresó.
Dice que pases. Que será rápido.
La casa por dentro era un monumento al lujo. Mármol, cuadros costosos, muebles de madera fina. Pero el verdadero centro no era la sala ni el comedor, sino una habitación convertida en cuarto médico. Cama hospitalaria, equipos modernos, una silla de ruedas de última generación.
Ahí estaba Adriana Villarreal.
Cincuenta años. Cabello rubio impecable. Blusa de seda. El rostro aún bello, pero los ojos azules cargados de guerra.
Así que tú eres el siguiente valiente, dijo sin mirarlo del todo. Qué eres. Otro profesional que se cree salvador.
Buenos días, señora Adriana. Me llamo Julián Reyes. Vengo por la vacante de cuidador.
Ella lo recorrió de pies a cabeza.
Tenis rotos. Ropa barata. Corte de pelo descuidado. Tú crees que tienes nivel para tocarme.
A Julián se le encendió la cara, pero no bajó la voz.
Tiene razón sobre mi apariencia. Pero tengo disposición para aprender y trabajar con respeto.
Adriana soltó una risa fría.
El último que habló de respeto salió llorando cuando le pedí que me bañara. Tienes algún certificado.
No. Pero cuidé a mi abuelo después de un derrame. Dos años. Aprendí. Y no me rindo fácil.
Yo no soy tu abuelo. Necesito un profesional, no un repartidor jugando al héroe.
Clara esperaba el estallido final. Julián también. Pero no se movió.
Tiene derecho a desconfiar. Pero quizá yo tenga algo que otros no tuvieron.
Adriana lo miró fijamente.
Qué.
Que no la voy a tratar como un problema. La voy a tratar como una persona.
El silencio cayó pesado.
Clara, tráele una silla, ordenó Adriana.
Julián se sentó.
Te propongo algo. Una semana. Siete días sin sueldo. Si aguantas, hablamos. Si te vas antes, no vuelves a cruzar este portón.
Julián pensó en su madre, en las cuentas, en la moto. Pensó también en esos ojos que no solo estaban llenos de rabia, sino de soledad.
Acepto.
Empiezas mañana a las seis. Y voy a hacer todo lo posible para que renuncies.
El primer día fue agotador. El baño tomó más de una hora. Nada estaba bien. El agua, el jabón, el ritmo. Adriana se quejaba de todo.
Eres torpe. Cuidado con mis brazos.
Perdón. Más despacio, respondía él.
ver continúa en la página siguiente
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.
