Nadie se atrevía a cuidar a esta mujer rica atrapada en su propio cuerpo. Ella alejaba a todos con rabia y dolor. Hasta que un joven pobre hizo algo que nadie más fue capaz de hacer
En el desayuno, la fruta mal cortada. El café horrible. Julián corregía sin discutir.
A media mañana, Adriana se negó a hacer terapia.
No quiero. Me duele todo.
Julián se detuvo.
Quiere que llame al médico.
No.
Entonces qué le gustaría hacer hoy.
Adriana parpadeó.
Quiero salir a la terraza. Sentir el sol.
La llevó al jardín. Adriana se quedó mirando los árboles, en silencio.
Un jugo, preguntó él.
Naranja. Sin azúcar.
Después de un rato, Adriana habló.
Cuánto llevas repartiendo.
Cuatro años. Antes trabajaba en construcción.
Por qué saliste.
La empresa quebró.
Construir cosas deja huella, murmuró ella. A mí también me gustaba construir. Antes de esto.
Julián no preguntó más.
El tercer día llegó la tormenta. Adriana volvió a gritar, a acusar, a empujar límites.
Quiero que se vaya, ordenó.
Julián respiró profundo.
Tiene razón en algo. Necesito este trabajo. El dinero importa. Pero no es lo único.
Entonces qué más importa.
Vi a una mujer inteligente. Con visión. Y me duele verla creyendo que ya no vale.
Adriana se quebró.
Yo no valgo.
Eso cree usted. Pero yo no.
Por qué te importaría.
Porque su empresa construyó viviendas sociales. Yo crecí en una de ellas.
Adriana lloró en silencio.
Hace tanto que nadie me ve así.
Entonces empecemos por ahí.
Justo cuando Adriana creyó haberlo perdido todo descubrió que ese hombre no había llegado para quitarle nada sino para recordarle quién había sido. Pero aún no sabía que el siguiente paso iba a sacudir su pasado su empresa y su corazón de una forma imposible de detener.
Parte 2 …
El cuarto día amaneció distinto aunque nadie lo dijo en voz alta. Adriana pidió que le acercaran una carpeta antigua llena de documentos amarillentos por el tiempo. Eran papeles que casi nunca tocaba porque le recordaban una vida activa que ya no podía llevar con el cuerpo pero que seguía viva en su memoria. Julián comenzó a leer en silencio hasta que un nombre lo detuvo por completo y le apretó el pecho.
Lucía Reyes.
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