Ningún médico pudo curar al hijo del millonario, hasta que la niñera revisó las almohadas

Julián cerró los ojos, y una lágrima se le escapó.

—Entonces… ¿está sano?
—Está sano —confirmó el doctor—. Pero también está envenenado. Sus resultados toxicológicos son los peores que he visto en un niño. Tiene niveles de lorazepam en sangre equivalentes a los de un adulto tratado por ansiedad grave. Y hemos encontrado restos de tres medicamentos más: un betabloqueante, un antipsicótico y un inmunosupresor. La señorita Giner tenía razón. Si seguía con este “tratamiento”, su hijo no iba a morir de ninguna enfermedad misteriosa, sino de insuficiencia hepática o renal causada por este cóctel.

Julián se tapó la cara con las manos. No sintió alivio, sino una rabia tan pura y fría que le quemaba por dentro. Lo habían engañado. Habían herido a su hijo. Le habían robado cuatro años.

—Doctor, ¿puede darme copias de estos resultados? —preguntó Elara.
—Por supuesto. Y una declaración firmada.

Regresaron a la mansión poco antes del amanecer. Julián llevaba a Bruno en brazos. El niño, libre por primera vez en días de las almohadas envenenadas, dormía de forma profunda y tranquila.

Al entrar, Anso Barros los esperaba en el vestíbulo.

—Señor, ¿todo está bien?
—Anso —dijo Julián, con una calma helada—. Coge todas las almohadas de la habitación de Bruno. Esas “especiales” del doctor Ibáñez. Llévalas al incinerador del jardín y quémalas. Luego, toma todos los medicamentos de su cuarto, cada frasco, cada caja, y entiérralos. Quiero que todo eso haya desaparecido antes de que salga el sol.

Anso palideció.

—Pero, señor, el doctor Ibáñez…
—El doctor Ibáñez es un impostor. Mi hijo está sano.

Aquella mañana, la transformación fue increíble. Bruno se despertó a las 7 sin sedantes y sin la niebla de las drogas. Se sentó en la cama, miró alrededor y saltó al suelo.

Salió corriendo por el pasillo, gritando:

—¡Tía Elara! ¡Tía Elara! ¡Estoy fuerte! ¡Tengo hambre!

Elara corrió hacia él y lo abrazó, llorando de alegría. Julián los observaba desde la puerta de su despacho y, por primera vez en cuatro años, sintió que el peso de su culpa se aligeraba.

A las 10, la berlina oscura del doctor Ramiro Ibáñez volvió a aparecer en la entrada. Llegó sonriente, con su maletín, sin duda dispuesto a hablar de los detalles de la transferencia de los 200.000 €.

Julián lo recibió en el vestíbulo.

—Ramiro, qué puntual.
—Por supuesto, Julián. El estado de Bruno es crítico. No podemos perder tiempo —respondió el médico, dirigiéndose a las escaleras.
—No hace falta que subas —dijo Julián, con una voz baja y amenazadora—. Bruno está… por aquí.

Justo en ese momento, Bruno pasó corriendo por el pasillo, persiguiendo a Elara, los dos riendo a carcajadas.

Pasaron delante del doctor Ibáñez como un destello. El médico se quedó petrificado. Su rostro pasó de la perplejidad al puro pánico.

—Julián, ¿qué es esto? Ese niño no puede correr. Va a tener una crisis…
—Curioso, ¿verdad? —respondió Julián—. Resulta que sin tus almohadas envenenadas y sin tu cóctel de drogas, mi hijo es un niño perfectamente normal.

—Julián, no sé de qué estás hablando… Esa enfermera te ha…
—He visto los resultados de los análisis, Ramiro —lo interrumpió Julián, elevando la voz—. Conozco la extorsión. Y conozco el lorazepam.

El doctor Ibáñez intentó girarse y correr hacia la puerta, pero Anso Barros, que había escuchado todo desde el pasillo, ya se había colocado para bloquearle la salida.

—El señor no va a ninguna parte —dijo el mayordomo, con el rostro impasible.

—Estás cometiendo un error, Julián —siseó el médico—. Estás…
—El único error fue confiar en ti —lo cortó Julián—. La única cosa que va a estar estable a partir de ahora serán tus cuentas bancarias, cuando la policía las bloquee.

Sacó el teléfono.

—Voy a llamar a la policía. Y luego a mi abogado. Te pasarás el resto de tu vida en la cárcel.

Veinte minutos después, dos coches patrulla entraban por la avenida. El doctor Ramiro Ibáñez fue detenido por ejercicio ilegal de la medicina, extorsión, fraude y múltiples cargos de maltrato infantil.

Mientras se lo llevaban esposado, Bruno se acercó a su padre.

—Papá, ¿por qué se llevan al doctor?
—Porque era un hombre malo, campeón —respondió Julián, arrodillándose a su altura—. Te estaba enfermando a propósito para que no pudieras correr. Pero ya no lo hará nunca más. Ahora puedes correr todo lo que quieras.

Bruno abrazó con fuerza a su padre.

—Gracias por salvarme, papá.
—No, campeón —dijo Julián, mirando por encima del hombro a Elara—. Dale las gracias a Elara. Ella nos salvó a los dos.

En los meses siguientes, la vida en la residencia Alcoser cambió por completo. El silencio fue sustituido por risas, gritos de juego y el ruido de pasos corriendo por los pasillos.

La investigación policial reveló que el doctor Ibáñez era un psicópata. Había engañado a otras cuatro familias adineradas con el mismo método: encontrar a un padre vulnerable, normalmente viudo o divorciado, inventar una enfermedad compleja para un niño sano y extorsionar fortunas con tratamientos falsos. Fue condenado a más de 20 años de prisión.

Julián Alcoser redujo drásticamente sus horas de trabajo para estar con Bruno. Le enseñó a montar en bicicleta, a nadar en la piscina que antes era solo un adorno, y le leía cuentos por las noches.

Y Elara dejó de ser “la cuidadora” para convertirse en una parte indispensable de sus vidas.

Una tarde, seis meses después de la detención, Julián la encontró en el jardín mirando cómo Bruno jugaba al fútbol con unos amigos de su nueva escuela.

—Elara —dijo Julián, acercándose—, no sé cómo agradecerte lo que has hecho.
—Sólo hice mi trabajo, señor Alcoser.
—Llámame Julián. Y no “solo” hiciste tu trabajo. Salvaste la vida de mi hijo. Y me devolviste la mía.

Se acercó un poco más.

—Cualquier otra cuidadora se habría ido… o habría guardado silencio.
—Supongo que soy terca —respondió ella, sonriendo.
—Lo he notado —sonrió él también—. Y me he dado cuenta de otra cosa. Esta casa estaba vacía. Bruno y yo estábamos vacíos. Y entonces llegaste tú.

El corazón de Elara empezó a latir más rápido.

—Julián, yo…
—Me he enamorado de ti, Elara Giner —dijo él, con una seriedad que la desarmó—. Me he enamorado de tu valentía, de tu bondad… y de la forma en que luchaste por mi hijo como si fuera tuyo.

—Julián, no sé qué decir. Eres mi jefe…
—Técnicamente, estás desempleada —bromeó él—. Bruno ya no necesita una cuidadora. Pero necesita una madre. Y yo necesito una compañera.

Antes de que Elara pudiera reaccionar, Bruno corrió hacia ellos, sudado y feliz.

—¡Papá! ¡Tía Elara! ¿Habéis visto mi gol?
—Ha sido increíble, campeón —dijo Julián—. Oye, Bruno, ¿puedo preguntarte algo?
—Claro.
—¿Qué te parecería si Elara se convirtiera en tu mamá?

—¿De verdad? —Bruno se quedó quieto, con los ojos muy abiertos, mirando a su padre y luego a Elara—. ¿Como… casarse?
—Solo si tú quieres —respondió Julián.
—¡Sí! —gritó Bruno, lanzándose a los brazos de Elara y casi tirándola al suelo—. Por favor, tía Elara, di que sí. Quiero que seas mi mamá.

Elara, riendo y llorando, miró a Julián por encima de la cabeza del niño.

—¿Cómo podría resistirme a eso?
—¿Es un sí? —preguntó Julián.
—Es un sí.

Unos meses después, en una ceremonia sencilla en el jardín de la mansión, Julián y Elara se casaron. Bruno fue el encargado de llevar los anillos. El doctor Héctor Solís fue el invitado de honor.

Un año más tarde, Bruno, ahora un niño ruidoso y feliz de 5 años, irrumpió en la habitación de sus padres un sábado por la mañana.

—¡Mamá, papá, despertad!

Elara se incorporó riendo.

—Buenos días, terremoto.

 

 

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