—Mamá, ¿es verdad? —preguntó Bruno, saltando en la cama.
—¿Qué cosa, cariño?
—Que ya no voy a ser hijo único. Que voy a tener un hermanito.
Elara miró a Julián por encima de la cabeza de Bruno. Él le sonrió con ternura. Elara estaba embarazada de tres meses.
—¿Y cómo lo has sabido, detective? —preguntó Julián, divertido.
—Porque papá no deja de tocarte la barriga —respondió Bruno—. Y yo quiero enseñarle a subir al árbol del jardín.
Julián abrazó a su esposa y a su hijo. Su familia, por fin, estaba completa. La mansión, que un día fue una tumba silenciosa de tristeza y culpa, era ahora un hogar lleno de vida, risas y, sobre todo, amor.
Un amor nacido del valor de una mujer que se negó a aceptar la oscuridad y decidió luchar por la luz de un niño inocente.
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