“No patalees—te vas a agotar.” — Él la vio ahogarse en el Atlántico mientras la ‘amiga’ filmaba y se reía
Julian se giró y besó a Blaire, despacio y en público, como si firmara con su nombre la humillación de Cassandra. Estallaron las risas, nerviosas al principio, luego ansiosas. Las cámaras se desviaron. Alguien susurró: “¿Es esto real?”.
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Cassandra oyó los latidos de su propio corazón, más fuertes que el océano.
“No hablas en serio”, dijo, con la voz quebrada a pesar del esfuerzo.
Julian se acercó, hablando con una sonrisa. “No montes un escándalo. Se ve mal”.
Blaire levantó el teléfono, grabando. “Vamos, Cass”, susurró. “No arruines el ambiente”.
Cassandra retrocedió hacia la barandilla, con las palmas sudando. “Estoy embarazada”, dijo, como si el hecho pudiera detenerlas.
La mirada de Julian se dirigió a su vientre y luego a otro lado, desinteresada. “Exactamente”, murmuró. “Por eso esto tiene que estar limpio”.
Limpio.
La palabra la golpeó como un témpano. Cassandra se giró para alejarse, pero la mano de Julian se cerró alrededor de su brazo; no fue suave, ni guía. Su agarre era firme, practicado, como si hubiera ensayado el ángulo. Blaire siguió grabando, riendo entre dientes como si fuera una broma.
“Julian, para”, dijo Cassandra. No lo hizo.
Empujó, y no fue el tipo de empujón que pareciera violento; parecía un “resbalón”, un “tropiezo”, el accidente perfecto para cualquiera que lo viera a través de la pantalla de un teléfono. El talón de Cassandra se enganchó, su centro de gravedad la traicionó y la barandilla desapareció bajo sus manos.
Entonces cayó.
El frío la golpeó en los pulmones. El océano se tragó su grito. Salió a la superficie ahogándose, las olas le golpeaban la cara, y vio el yate arriba: luces brillantes, siluetas asomando por la borda.
El teléfono de Blaire la apuntaba directamente.
La voz de Julian se oyó sobre el agua, tranquila y casi aburrida. “No te agites”, gritó. “Te vas a agotar”.
Cassandra pataleó, luchando contra el arrastre de su vestido, buscando una escalera que no estaba allí. El motor del yate rugió al encenderse.
Y mientras el yate comenzaba a alejarse, dejándola en mar abierto, Cassandra comprendió lo más aterrador:
Julian no solo quería que se fuera. Quería que se fuera de una forma que pareciera natural.
Entonces, ¿quién le creería si sobrevivía? ¿Y qué había puesto en marcha en tierra mientras ella se ahogaba?
Cassandra se obligó a sí misma a mantenerse a flote, como una vez se obligó a superar las náuseas matutinas: una respiración a la vez, una decisión a la vez.
Flotó boca arriba para conservar energía, dejando que el oleaje la levantara en lugar de luchar contra él. Le ardían los brazos. Se le entumecieron los labios. Las luces del yate se redujeron a una lejana mancha borrosa y luego desaparecieron por completo, como si el océano hubiera borrado el mundo entero.
Las horas transcurrieron en fragmentos: oscuridad, sal, dolor, el bebé moviéndose dentro de ella como una frágil insistencia en vivir. Cassandra le susurró a su vientre, con la voz quebrada. “Aguanta. Solo aguanta”.
Cerca del amanecer, lo oyó: el zumbido sordo de un pequeño motor.
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