Nos dejó a mis hijos y a mí por su amante. Tres años después, por fin encontré mi final.

Max construyó un pequeño robot que seguía líneas pegadas en el suelo de la sala. Cuando funcionaba, saltaba, y la risa llenaba la casa. Cuando fallaba, lo intentaba de nuevo, paciente y decidido.

Los observé y sentí un orgullo abrumador. No porque hubieran sobrevivido a las dificultades, sino porque las habían superado.

Una tarde, mientras doblaba la ropa en la silenciosa casa, recordé a la mujer que había sido tres años antes. De pie en la puerta de mi madre, temblando, sin saber cómo dar el siguiente paso. Apenas la reconocía.

Aprendí lo fuerte que podía ser cuando la fuerza ya no era opcional.

Aprendí que el amor no desaparece cuando alguien se aleja. Cambia. Se concentra.

 

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