Nunca le dije a mi cuñada que era general de cuatro estrellas. Para ella, yo solo era un “soldado fracasado”, mientras que su padre era el jefe de policía.
La cinta había desaparecido. El metal estaba ennegrecido.
Pero no se había roto.
En el hospital, Eli despertó horas después.
“Mamá… tu medalla…”
Coloqué la estrella chamuscada a su lado.
—Aún está aquí —dije con suavidad—. Y nosotros también.
Sonrió levemente.
“Hoy has sido valiente”, añadí.
Me apretó la mano.
Y en esa habitación silenciosa, el rango no importaba.
Solo un título lo hizo.
Mamá.
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