Pagué seis dólares por la fórmula de una mamá. Al día siguiente, mi gerente me llamó y me entregó un sobre.

“¿Por qué lo haces?”, preguntó. “Esa amabilidad extra. La paciencia. La forma en que te tomas las cosas con calma por la gente”.

Pensé en el sobre. En los seis dólares. En cómo me temblaron las manos al abrir la carta.

“Porque alguien lo hizo por mí una vez”, dije. “Y lo cambió todo”.

Asintió, asimilando aquello, y vi un destello de comprensión en su rostro.

De vuelta a casa esa noche, pasé por las mismas farolas, las mismas intersecciones silenciosas. Nada en el mundo parecía diferente. Y, sin embargo, lo era.

Seis dólares no habían cambiado mi vida por sí solos.

Pero lo que siguió sí.

Me recordó que la amabilidad no es frágil. No desaparece cuando se usa. Se multiplica cuando se confía en ella.

Regresa cuando menos se espera.

 

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