
Daniel la llamó Sunny.
No pregunté por qué. No lo necesitaba.
Algunas noches, la tristeza regresaba con fuerza. Había momentos en que el silencio todavía dolía, cuando las risas en el pasillo de un supermercado me pillaban desprevenida, cuando el suéter amarillo de un niño en público me oprimía el pecho.
Pero ahora, cuando llegaban esos momentos, tenía un lugar donde ponerlos.
Me senté en el suelo con Sunny y su gatito. Pasé los dedos por el pelaje de Baxter. Abrí el cuaderno de bocetos de Lily.
La recordaba no como alguien a quien perdí, sino como alguien que había estado aquí.
Una noche, mientras el sol se ponía y la casa se llenaba de una luz cálida, Daniel y yo nos sentamos juntos en el sofá. El gatito dormía acurrucado entre nosotros. La cabeza de Baxter descansaba en el pie de Daniel.
"No me siento roto ahora mismo", dijo en voz baja.
Tomé su mano. "Yo tampoco".
No fingimos que todo estaba bien.
Pero sabíamos que lo estaríamos.
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