Parte 1: La mañana en que mi perro no dejaba de arañar la puerta

Casi todas las mañanas me despertaba antes del amanecer. Me sentaba a la mesa de la cocina, con las manos agarrando una taza fría hacía tiempo, mirando el patio trasero a través del cristal empañado. La taza decía "La mejor mamá del mundo", escrito con rotulador de colores. Lily me la había regalado la primavera anterior.

Esa mañana, me dije que tomaría un sorbo. Solo uno. Algo normal.

Mis manos no se movieron.

Le habían quitado algunas pertenencias a Lily después del accidente. Entendía por qué, pero eso no lo hacía más fácil. Cada objeto se sentía como una parte de ella que había quedado encerrada tras una puerta que no podía abrir. Entre ellas estaba su suéter amarillo favorito. Suave, brillante y alegre, había sido su prenda favorita los fines de semana. Cuando lo usaba, la reconocía en cualquier lugar.

Echaba de menos ese suéter más de lo que esperaba.

Daniel seguía dormido arriba, respirando con dificultad. No quería despertarlo. Necesitaba descansar, aunque fuera a ratos cortos e intermitentes.

Estaba mirando fijamente la niebla cuando lo oí.

Rasguño. Rasguño. Rasguño.

Al principio, lo ignoré. Nuestro perro Baxter solía quedarse afuera por las mañanas. Tenía un rincón acogedor en el porche y le encantaba el aire fresco. Si quería entrar, ladraba un par de veces. Esto era diferente.

El sonido era urgente. Agudo. Casi me entró el pánico.

Empujé la silla hacia atrás lentamente, con el corazón acelerado. Desde que había pasado todo, cada ruido inesperado me ponía de los nervios. Caminé hacia la puerta trasera con pasos cautelosos.

"¿Baxter?", llamé en voz baja.

Los arañazos cesaron un instante.

Luego se oyó un ladrido corto y agudo. De esos que solo usaba cuando algo andaba mal.

Abrí la puerta.

Baxter estaba allí, con los ojos muy abiertos, el pecho agitado y las orejas alerta. Su cola estaba rígida, no se movía como solía hacerlo al verme.

Y algo amarillo colgaba suavemente de su boca.

Por un instante, mi mente se negó a comprender lo que veían mis ojos.

"Baxter...". Mi voz se apagó.

Dio un paso adelante y colocó con cuidado el bulto a mis pies.

Era un suéter.

Un suéter amarillo suave con pequeños botones de perla.

Casi me fallaron las piernas. Me agarré al marco de la puerta, con la respiración entrecortada.

"No puede ser", susurré.

 

 

 

 

 

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